domingo, 2 de junio de 2013

..., va pintada como la Bizcocha.


Esta mujer puede quedar encuadrada en todos aquellos benineros que mueren por el tema del pantano, pero su muerte se puede considerar especial por reflejar lo retorcido (…)  con la calificación por una parte de cero patatero en sentimientos y por lo sublime de la otra parte.

La escasez de sentimientos (se podría recurrir a palabras vulgares que reflejan lo mezquino, lo ruin, …) lo refleja, en primer lugar los que en aquellos momentos estaban valorando y pagando las finquillas que tenían los beniner@s , ya que, se plantean, que aquella mujer, la Bizcocha, era una mujer, vieja, y en las últimas y recurren a encontrar a sus herederos más cercanos para que llegasen de Cataluña a La Alpujarra, firmar y cobrar;  y en segundo lugar, los familiares lejanos, (que hacía años que no la habían visitado ni preocupado por su estado) que ante la llamada llegan a Benínar, le dan dos besos a la vieja que se estaba muriendo y se marchan al otro día con lo cobrado dejando a la pobre anciana para que siguieran las vecinas cuidado de ella.
La Bizcocha era identificada en el pueblo como la mujer más coqueta (la palabra coqueta se conoce en el pueblo después de la muerte de esta mujer), la que nada más levantarse tenía que pintarse todas aquellas partes de su cuerpo que no eran tapadas por la ropa, aunque ese día como casi todos, la labor que tenía que hacer, era sacar a la cabra para que pastase en la vega mientras su dueña, arreglaba la tierra para la siembra de cualquier hortaliza. 

Muy tiesa ella mostrando la mejor cara pintada de todas las mujeres del pueblo entraba y salía del pueblo con el mismo empaque y tronío que hoy vemos en la TV desfilar a las modelos por la pasarela.

A la Bizcocha, como a todos los de su edad, los estallidos de los barrenos para la construcción de la presa de Benínar le aterrorizaba, la desorienta, pierde la noción del tiempo y del espacio, no controla el tiempo y aquella mujer totalmente sola, sin hijos ni familiares cercanos que viviesen en el pueblo, se encuentra totalmente sola y desorientada. Las vecinas (sobre todo Lolica la de Ramón) se compadecen de ella, dándole las comidas a su tiempo y pendiente de ella en sus salidas de casa con argumentos inverosímiles. Con la cara pintada por manos temblorosas y encargando potingues para pintarse a todos los que pasaban por su puerta aquella paisana va envejeciendo a pasos acelerados mientras que sus vecinos están pendientes que no salga del pueblo, que se encuentre limpia  aseada que no pase hambre y llenarse de paciencia para escucharle  aquellas teorías sobre que “la mujer no debe nunca abandonar su cuerpo, ni su ropa, ni su cara”.

En aquellos tiempos todos aquellos beniner@s viejos que estaban abandonados los asuntos sociales le llevaban automáticamente al asilo de Almería. Las autoridades cada vez que le visitaron a la Bizcocha en sus informes aparecía que estaba lúcida, alimentada y su casa ordenada, pero sin una peseta que tampoco le hacía falta gracias a la generosidad de Lolica entre otras vecinas. Los ancianos de como ella no necesitaron ni médico ni pastillas.

No recuerdo si lo ahorrado, después de una vida entera de sacrificios  dio dinero suficiente para una lápida. Pero qué más da si todos los benineros de mi generación la recordamos cada vez que se pone delante de nosotros una mujer que excede pintándose todo aquello que no está tapado por la ropa. Qué más da una lápida si los de mi generación solemos decir casi todos los días unas cuantas veces: ¡Anda!. ¡Si va pintada como la Bizcocha!.                 




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