
Tenía que
continuar con el tema de los animales, pero me ha llegado la necesidad o el
recuerdo de mi abuelo paterno que en este tiempo era cuando maduraban las bravas en Benínar.
En plaza de Benínar se están analizando las breveras o las brevas, pero de otra manera y ha sido el motivo de este escrito.
Me imagino aquellas tardes en Benínar donde parte de la familia salía a la vega para coger y envasar aquellas brevas que dentro de la zona alpujarreña nos identificaban.
Mientras los hombres subían a aquellas breveras teniendo que afianzar las ramas para no caerse, la otra parte de la familia acudía a los brazales para coger manojos de mastranzos para forrar los capachos, con la intención que la piel de la brava no quedase dañada por el esparto con que se construían los capachos.
En plaza de Benínar se están analizando las breveras o las brevas, pero de otra manera y ha sido el motivo de este escrito.
Me imagino aquellas tardes en Benínar donde parte de la familia salía a la vega para coger y envasar aquellas brevas que dentro de la zona alpujarreña nos identificaban.
Mientras los hombres subían a aquellas breveras teniendo que afianzar las ramas para no caerse, la otra parte de la familia acudía a los brazales para coger manojos de mastranzos para forrar los capachos, con la intención que la piel de la brava no quedase dañada por el esparto con que se construían los capachos.
Mi abuelo Ramón, por las
tardes, con parte de la familia marchaba a La Vegueta donde estaban unas breveras gigantes que estaban llenas de fruto.
Lo primero
era forrar los capachos de mantranzos una hierba con un olor especial que se
empleaba siempre que estos se llenaban de fruta.
Recuerdo la plaza de abastos de Berja (hoy vacía destinada a no se qué) que nada más entrar en ella el olor a maestranzos era lo primero que te impactaba.
Recuerdo la plaza de abastos de Berja (hoy vacía destinada a no se qué) que nada más entrar en ella el olor a maestranzos era lo primero que te impactaba.
En los
pueblos cercanos cada vez que decíamos:
Yo soy beninero. Contestaban: ¡Y con brevas!.
De la misma forma que el vino de la zona Murtas y Turón era y lo es, excelente, que todos los de la zona preferíamos y degustábamos. Las brevas de mi pueblo eran únicas.
Yo soy beninero. Contestaban: ¡Y con brevas!.
De la misma forma que el vino de la zona Murtas y Turón era y lo es, excelente, que todos los de la zona preferíamos y degustábamos. Las brevas de mi pueblo eran únicas.
Ramón se levantaría de madrugada con el cielo lleno de
estrellas, cargaría los dos capachos en la mula y cogido al rabo del animal tomarían los dos camino a Murtas. Digo Murtas por ser uno de los pueblos cercanos que menos
árboles frutales tenía y por ello, ofrecerle a un murteño unas brevas ralladas se
les haría la boca agua y compraría, cansados de la dieta única, comer matanza como en aquellos
tiempos era casi lo único que se comía. Tocino y pan y por la noche al volver a
casa después de estar todo el día trabajando en el campo un puchero con huesos de cerdo. También cabía la posibilidad de comerse unas migas de madrugada, para irse a trabajar al campo.
Las frutas que se recolectaban en Benínar al verlas, ellas solas se vendían, pero
la influencia del vendedor era decisiva y la sonrisa de mi abuelo y la calidad
de sus brevas eran las que primero se agotaban de todos los vendedores que
acudía a vender.
De la misma forma que hoy nadie se extraña en ver a un
perro como es capaz de llevar a su amo ciego donde está previsto llegar, de la
misma forma, la mula de mi abuelo, nada más pasar por la puerta del herrador, o
de la tía Leocadia, sabía donde era el destino. Mi abuelo desde ese momento
cogido al rabo de la mula sabía que podía cerrar los ojos y en un duerme vela, pasado la fuente del Murallón mi abuelo estaba caminando y dormido todo el trayecto de la rambla que al llegar a
la Cuesta de Murtas. Empezaban las
claras del día, mi abuelo ya había dado su cabezadita y ya le falta poco para
entrar en el pueblo de Murtas y empezar a pregonar:

¡A las buenas brevas, las de Benínar, las mejores!.
La mayoría de las veces se vendían por docenas a dos
reales y las pequeñas, las perrunillas que se regalaban.
A Murtas acudían los compradores de los cortijos
cercanos y por supuesto no se les podía vender igual (no erancompradores habituales) y en esta ocasión empezaba
el regateo donde mi abuelo había obtenido la licenciatura en la universidad de
la vida.
Como sabía identificar a los dueños de los cortijos ,
quizás por su vestimenta o por su forma de hablar, a estos les costaba la
docena a peseta. Los señoritingos de Graná se les identificaba a la legua y mi
abuelo era capaz de venderle las brevas y el cenachillo de esparto lleno de
brevas.
Los cenachillos se los hacía su prima Gaicos, la soltera que era una
forma de ganarse la vida.
Con la sonrisa de oreja a oreja, viendo los capachos
vacíos llegaba la segunda parte de aquel viaje. Ir a la taberna. Amarraba la mula
a la ventana de la taberna y a charlar
con los que allí estaban para estar enterado del panorama de aquellos momentos de los cortijos de Murtas y
Turón . Era la hora de la siesta de la mula, cuando el animal se relajaba,
cerraba los ojos y sabía que a partir de aquellos momentos el tiempo se detenía.
No es que tomase el número de copas para emborrachase, pero si llegar al nivel inferior
de coger una pea.
A la vuelta mi abuelo se solía comprar un kilo de
sardinas (las arenques) que llegaban a La Alpujarra en unos toneles de madera, una buena
hogaza de pan, llenaba su bota de vino, se subía en la mula y de vuelta de
nuevo al pueblo.

En el camino de vuelta, a la altura del Cortijo del
Canónigo, era cuando mi abuelo se enfrentaba a la realidad al contar las
pesetas que llevaba.
El maestro del pueblo conjuntamente con el cura una
noche se presentan en casa de mi abuelo y le proponen:
Tu hijo Paco destaca por encima de los demás críos de
la escuela y el cura y yo hemos llegado a la siguiente conclusión. Costeamos
parte de la carrera de tu hijo en Granada, pero tú tienes que aportar, más o
menos tanto, ... Mi abuelo en aquellos
momentos piensa en la venta de las bravas y
en un principio acepta las condiciones impuestas por el cura y el
maestro de escuela por lo menos hasta que pasase el verano.
Terminan las brevas, terminan los higos, terminan las
frutas y hortalizas del verano, que mi abuelo fue a vender tanto a Murtas,
Turón y Berja y vuelven el cura con el maestro a casa de mi
abuelo para que se cumpliese la promesa
de mandar a su hijo Paco a la universidad.
Mi abuelo saca la taleguilla con todo lo que había
ahorrado con aquellas ventas , todo lo que tenía ahorrado, se queda un rato, ¡largísimo! mirando a aquellas dos personas que
están impaciente por la contestación, y mi abuelo Ramón le contesta:
Tengo cinco hijos y a los cinco no les puedo dar una
carrera. ¿Qué pensarían sus hermanos si ellos se quedan en el pueblo trabajando
y él se marcha a Granada?.
Mi abuelo Ramón en aquellos momentos no se podía
imaginar que cuando llegase la Guerra Civil de España, a tres de sus hijos (unos no habían cumplido los veinte años y otros terminaban de cumplirlos) se
los llevaron y en concreto mi padre, estuvo tres años de guerra y tres años
haciendo la mili.
Seis años que no apareció por el pueblo.
Cuando los adolescentes, vuelven de nuevo a
incorporarse a clase, aquel nuevo curso,
el maestro pregunta por Paquito el de Ramón y alguien le contesta que Paquillo estaba
guardando una piarilla de chotos en el Cejor y que no volvería ya más a la
escuela.
De aquella historia el nieto de Ramón se entera cuando
termina la carrera y a la vuelva a Benínar toda la familia en la furgoneta, Paco
el de Ramón con la mirada perdida le cuenta a su hijo que en él se cumple el
sueño de su adolescencia.