domingo, 30 de junio de 2013
jueves, 13 de junio de 2013
PLATEROS ALPUJARREÑOS. TRES
De la misma
forma que hoy cuando se llega a una cierta edad se toma la decisión de renovar
el coche y se suele decir: Con los años
que tengo esté será el último que me compre. Igualico razonamiento recuerdo que
en Benínar se iba a la Feria de Ugijar a comprar la última burra (los burros
eran escandalosos y muy promÍcuos) para que los dos fuesen envejeciendo a la
vez y en cierta medida se iban adaptando los
dos a los caminos, las siembras, los acarreos, …, el ritmo de la vida de
las labores del campo.
Rio abajo,
de Eugijar hasta que aquellos plateros llegaban a Benínar ambos compañeros se
miraban, se medían, se estudiaban y estaban convencidos los dos que tenían que
entenderse hasta que la muerte los separasen.
Rapidísimo
pasa el tiempo en que aquel platero deja de ser como lo describía Juan Ramón Jiménez: "Platero es
pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón, que
no lleva huesos. Sólo los espejos de azabache de sus ojos son duros cual dos
escarabajos de cristal negro".
Había que
trabajar, en el secano, en la vega, en la era. Había que ponerle las aguaderas poner
los cuatro cántaros para traer el agua que necesitaba la familia. Había que
traer a la casa el pan nuestro de cada día y para eso estaban los dos
trabajando hombro con hombro.
Juan Ramón
parece que solo vivió junto a platero los dos o tres primeros años, pero
nuestros plateros vivieron junto a Ramón, Paco, Antonio, José, Julio, etc,
(muchas generaciones de benineros) la adolescencia,
la juventud y el resto de los años que les quedaban juntos. Recuerdo como para
comprobar la edad mis paisanos le abrían la boca y según el estado de sus
dientes sabían cuantos cumpleaños pasaron juntos.
Paco toda su
vida profesional fue aparcero y por ello cada quince años estrenaba compañero.
De ser mulero arando las lomas del Meloncillo la verdad es que no sé, en qué
momento llega la frase: ¡Vamonos!, en vez de ¡arre!. Are y el sonido del látigo
es lo que acompaño toda su vida a sus antepasados los que trasportaban el plomo
hasta Adra. ¿Cuando los benineros toman conciencia que aquellos animales dejan
de ser bestias para convertirse en compañeros de trabajo?. Posiblemente fue por
diferentes motivos y el fundamental es cuando el hombre se encuentra ante la
soledad, no tiene, no encuentra quien le
ayude, quien esté de forma incondicional a su lado, quien le escuche.
En la
memoria de todos los benineros se encuentra los cantos incesantes que llegan
desde la ramblilla, desde el río del enamorado burro de El Tomillo, el del
Molino de la Mecila , o el burro el del Molino del Puente, que al escucharlo
las mujeres decían: ¡Canta!. Canta que el que canta el mal espanta. Los hombres
en cambio movían la cabeza con una sonrisa con la boca cerrada entendiendo
aquellas manifestaciones del burro que ellos tenían que reprimir, (los machos
de Benínar, los de dos patas, no podían
manifestar sus ardores con aquella libertad que lo hacía el burro cuando pasaba
junto a una burra) el animal de cuatro patas estando rodeado de burras cantaba y
gesticulaba cual eran sus intenciones. Por más que insistían nuestros plateros, no lograban que sus dueños aceptasen aquella virginidad impuesta. Sus dueños y socialmente estaban porque permaneciese en el celibato perpetuo.
Amarrado a
cualquier reja de cualquier plaza de un pueblo cercano todos los plateros de
Benínar contempla como su amo va colocando
casi de forma ceremonial las brevas en el cenachillo de esparto,
colgarlo de la romanilla y después de lograr que el rabo de la romana se
colocase en línea recta, se le añadían una o dos de propina. En el bolsillo se
tenía el cambio de pesetas, reales, perras gordas y perrillas, que cuando
faltaban las últimas monedas mencionadas, se llegaba al acuerdo de recompensar
el cambio con unas cuantas brevas.
El colmo de
la desesperación llegaba cuando se va observando que la gente que acude al
mercado va disminuyendo y los capachos no se vacían. Llega el momento en que el
beninero tiene que volver a cargar los capachos en el animal y tomar la
decisión de ir pregonando de calle en calle:
-
¡A
la rica breva de Beninar!.
Muchacha date el capricho de saborearlas, que toda la familia desfrute
del sabor más rico. Te las doy baratas. Te las doy a probar. Tan solo me quedan
los culos de los capachos.
El que
estaba más interesado que nadie que se terminasen las brevas de los capachos
era la burra. No era lo mismo regresar al pueblo con algunas brevas sin vender
que haberlas rematado. Había unos cuantos kilómetros que recorrer en el regreso
y aquel vendedor frustrado de alguna forma tenía que volver a encontrar el
equilibrio y aquel animal jugaba un importante papel en aquella descarga. De
eso quien más sabía eran todos los mulos de Benínar, y no lo medían por el peso
de fruta vendida, lo valoraban en la cara de su amo. Los mulos estaban
esperando el: ¡Arre!: Que era la no venta completa. O. El venga: ¡Vámonos que
nos vamos!.
Pasaron
también aquellos días de levantarse con las estrellas en el cielo para ir a
vender la vitualla a los pueblos cercanos. Pasaron los años de darle paseos a
los nietos que llegaban de la ciudad y caminar subidos a lomos de aquel platero.
En el rostro de aquellos infantes se
reflejaba lo mismito que cada año subidos los mozos del pueblo en la grupa de
un mulo para representar los Moros y Cristianos; sentirse en aquel trono reyes
aunque fuese solo un día.
Mi paisano Frasquito que conforme iba entrando en años y en
recuerdos, más necesidad sentía de contarlos, de que lo escuchasen. Lo intentó
dentro de la familia y le decían: Aguelorios. Le daban de lado. Lo intentó con
los niños de la calle, es decir con todos los beninerillos holgazanes que
disponían de tiempo de escucha. Al comenzar a
repetir las mismas historias, en
la mayoría de las veces al conocer la trama se le adelantaban los imberbes y le
chafaban el relato. También fracaso. Tomo la determinación de coger su burra,
de marcharse a una de las alamedas del río, de ponerse los dos frente a frente y en la paciencia de su burra
Pepe encontró el deleite y la vivencia de todos los cuentos o chascarrillos que
él sabía. La música del agua, el canto de los pájaros y el disponer de todo el
tiempo de que disponen los viejos contemplando el movimiento de las ramas y el
aplaudir de las hojas de los álamos. Juan encontraba argumentos
nuevos y cada historia era cada vez más hermosa se lo confirmaba su burra que
cuando llegaba el momento cumbre de su relato, dejaba de brocear se miraban
fijamente los dos y era cuando llegaba el momento de mayor emoción de su obra
literaria.
Como olvidar
en este recuerdo de plateros de la alpujarra a Julio el del Marchar que en un
momento de la historia, tenía la pareja de mulos que no tenían parangón en toda
la Rambla de Murtas. Ni mulos con más poder ni mulero con más talento se le
recuerda en los tres pueblos de Turón, Murtas y Benínar.
Juan Ramón
Jimenez, escribe de platero cuando es casi un recién nacido. No sabemos si los
veinte años de media que duraban los plateros de Benbinar, el Premio Novel
vivió junto a él. En Benínar sí se levantaban y se acostaban amo y animal todo
los días a la misma hora. Todos los días del año. Hasta que la muerte los separaba.
miércoles, 5 de junio de 2013
Plateros alpujarreños. Dos
Las bestias
para el transporte del plomo.
Estamos en
puertas de coger las vacaciones y gran parte de la población, marcharnos fuera de
nuestro lugar habitual y nos planteamos qué hacer con el animal de compañía el que
se la comprado a los niños para que experimenten no sé qué, ¿para ver el grado
de responsabilidad que tienen nuestros retoños?. Las estadísticas ponen de
manifiesto que son muchos los animales abandonados y la realidad es que para unos
cuantos dichos animales se convirtieron en un objeto de usar y tirar. Un ejemplo
claro lo tenemos en la Venta Pinto de aquí de Cádiz, cuando termina la época de
caza y allí dejan los cazadores a todos aquellos perros que después de las
pruebas realizadas en el campo no son útiles para la caza y son abandonados a
espera que un alma caritativa se haga cargo de ellos.
Creo que el
no tener para nada en cuenta el estado de estrés, (conozco animales que le
salen calvas, como a los humanos se les cae el pelo), de
hambre, de higiene, descansos, ..., cuido del animal, se daría en todas aquellas bestias que cumplieron el objetivo de sus
dueños, que era transportar el plomo desde Sierra de Gador hasta Adra, durante
todo el siglo XIX por caminos y trochas cargados al máximo y con unos aparejos
de esparto (el estraperlo muy frecuente en aquellos tiempos desde Gibraltar se
basaba en dos productos, el tabaco y la ropa no creo que fuese de
aparejos para las bestias) que les ocasionarían infinidad de heridas. Es de
suponer que los muleros estarían tres cuartos de lo mismo de acumulación de
penurias.
Las generaciones
de todos aquellos animales que fueron utilizados para el transporte del mineral, sus dueños, los
empresarios por los recuerdos trasmitidos no creo que los viesen como
compañeros de trabajo, (dicho calificativo de compañero aparece a comienzos del
siglo siguiente cuando los dos se van al campo o a la venta de hortalizas) como tampoco estaban en
la misma escala social los muleros y los dueños. Más o menos como refleja la
película, los santos inocentes (relación amo criado) de Alfredo Landa
recientemente en TVE. Tal vez por ello nace platero (en otra zona minera, Huelva,
como era la Baja Alpujarra) con la intención de dar dignidad y compasión hacia
dichos animales que hasta aquellos momentos eran considerados como algo útil y
necesario sin que arrancase la más
mínima compasión de sus cuidadores. Aquellos animales (casi seguro) que
murieron abandonados cerca del camino en el hueso y en el pellejo y llenos de
mataduras infectadas.
Las imágenes
dejadas por Goya donde para la muerte de un toro se necesitaba que muriesen
varios caballos al ser corneados cuando era picado el toro, (por no haberse
inventado el peto que se utiliza en la actualidad) es una muestra hasta qué
punto los animales eran considerados como algo de usar y tirar. Para nada se parecen las albardas, las
jáquimas, las cinchas, el resumen el atajarre,
que ahora se ven en los caballos con aquellas que se les ponía a animales
del transporte del plomo. Las rozaduras de los serones (que eran llenados hasta
el máximo) le ocasionarían heridas que
las prisas por el acarreo le impedirían ser tratadas para que no llegasen a
infectarse.
En un
momento determinado de la historia, puede que fuese en el 1822, refleja en su
libro J.L. Ruiz Marquez : SERMET, Jean. “La España del Sur”. Barcelona 1.956.
p. “… formaban un ejército de más de 50.000 mulas que había que alimentar con
cebada del Marquesado dada la penuria de la comarca en cereales”. Al margen que
fuesen cincuenta mil y que todas fuesen mulas, al margen, no se menciona para
nada como iban equipados aquellos animales. El trasiego dura casi un siglo que
según la oferta y la demanda del plomo marcaría el número de mulas y muleros
por aquellos caminos.
El primer
descubrimiento de la herradura en la península, el primer caso del que se tiene
noticias se produjo en el 1883. Se trata de una herradura encontrada en Covalta
(Valencia).
En la página
172 del libro EL CABALLO EN LA ANTIGUA IBERIA de Fernando Quesada Sanz y Mar
Zamora Merchán, se encuentra una tabla de hallazgos arqueológicos de herraduras
antiguas. De los “50.000 animales” localizados en un momento determinado en el
acarreo del mineral, con una vida media posiblemente de diez años de trabajo; ¿cuántos animales dejaron su piel en los caminos desde Sierra de Gador a Adra o
desde Benínar a Adra?. Habría también que contabilizar los que transportaban la
comida desde el Marquesado hasta Adra o Berja. ¿Dónde se reproducían?. Puede
que la contestación se encuentre en la Andalucía Oriental dadas las
características del los pastos y del terreno.
Cierto es
que los de mi generación (de mediados del siglo XX) nos encontramos una herrería regentada por Manuel
Blanco, (desconocemos que existiese otra anterior) que es de suponer montó después de llegar de
“hacer las américas”; puede que fuese incluso después de la Guerra Civil de
España.
Los mulos,
los burros del transporte del mineral de la Baja Alpujarra casi seguro que irían
descalzos y puede que también sus harrieros. El cómo tendrían los cascos los
animales y las plantas de los pies los
arrieros, nada más colocándonos de forma imaginativa en dicha situación, uno
siente en nuestros pies una sensación de ir andando descalzo por trochas y
veredas.
Una anécdota
que se contaba en Benínar era sobre un agricultor que al regresar al pueblo
(después de haber vendido su carga de hortalizas en Murtas), alguien le ve
cojeando y sangrado sus pies y le preguntan:
- - ¿Qué
te ha ocurrido?.
- - El
mulo lo espantó una zorra y corriendo detrás de él descalzo me he destrozado
los pies.
- - ¿Y
esos zapatos que tienes nuevos debajo del brazo?.
- - Pues
menos mal que iba descalzo y no los llevaba puestos.
Puede que fuesen los primeros zapatos que aquel beninero
había logrado tener las suficientes peseta para poder comprárselos y en su
valoración prefería tener los pies totalmente destrozados (pensando, esto se
cura) que sus zapatos recién comprados rotos. Las fatiguitas que había pasado para
ahorrar el importe de los zapatos, pensando en ellas, las pesetas, le aliviaba
el dolor del estado de sus pies. Pensando en el mulo asustadizo, creo que
moriría sin estrenar unas herraduras.
domingo, 2 de junio de 2013
..., va pintada como la Bizcocha.
Esta mujer
puede quedar encuadrada en todos aquellos benineros que mueren por el tema del
pantano, pero su muerte se puede considerar especial por reflejar lo retorcido (…)
con la calificación por una parte de
cero patatero en sentimientos y por lo sublime de la otra parte.
La escasez de
sentimientos (se podría recurrir a palabras vulgares que reflejan lo mezquino,
lo ruin, …) lo refleja, en primer lugar los que en aquellos momentos
estaban valorando y pagando las finquillas que tenían los beniner@s , ya que,
se plantean, que aquella mujer, la Bizcocha, era una mujer, vieja, y en las
últimas y recurren a encontrar a sus herederos más cercanos para que llegasen
de Cataluña a La Alpujarra, firmar y cobrar; y en segundo lugar, los familiares lejanos, (que
hacía años que no la habían visitado ni preocupado por su estado) que ante la
llamada llegan a Benínar, le dan dos besos a la vieja que se estaba muriendo y
se marchan al otro día con lo cobrado dejando a la pobre anciana para que
siguieran las vecinas cuidado de ella.
La Bizcocha
era identificada en el pueblo como la mujer más coqueta (la palabra coqueta se
conoce en el pueblo después de la muerte de esta mujer), la que nada más
levantarse tenía que pintarse todas aquellas partes de su cuerpo que no eran
tapadas por la ropa, aunque ese día como casi todos, la labor que tenía que
hacer, era sacar a la cabra para que pastase en la vega mientras su dueña,
arreglaba la tierra para la siembra de cualquier hortaliza.
Muy tiesa ella
mostrando la mejor cara pintada de todas las mujeres del pueblo entraba y salía
del pueblo con el mismo empaque y tronío que hoy vemos en la TV desfilar a las
modelos por la pasarela.
A la
Bizcocha, como a todos los de su edad, los estallidos de los barrenos para la
construcción de la presa de Benínar le aterrorizaba, la desorienta, pierde la
noción del tiempo y del espacio, no controla el tiempo y aquella mujer
totalmente sola, sin hijos ni familiares cercanos que viviesen en el pueblo, se
encuentra totalmente sola y desorientada. Las vecinas (sobre todo Lolica la de Ramón)
se compadecen de ella, dándole las comidas a su tiempo y pendiente de ella en
sus salidas de casa con argumentos inverosímiles. Con la cara pintada por manos
temblorosas y encargando potingues para pintarse a todos los que pasaban por su
puerta aquella paisana va envejeciendo a pasos acelerados mientras que sus
vecinos están pendientes que no salga del pueblo, que se encuentre limpia aseada que no pase hambre y llenarse de
paciencia para escucharle aquellas
teorías sobre que “la mujer no debe nunca abandonar su cuerpo, ni su ropa, ni su
cara”.
En aquellos
tiempos todos aquellos beniner@s viejos que estaban abandonados los asuntos
sociales le llevaban automáticamente al asilo de Almería. Las autoridades cada
vez que le visitaron a la Bizcocha en sus informes aparecía que estaba lúcida,
alimentada y su casa ordenada, pero sin una peseta que tampoco le hacía falta
gracias a la generosidad de Lolica entre otras vecinas. Los ancianos de como ella no necesitaron ni médico ni pastillas.
No recuerdo
si lo ahorrado, después de una vida entera de sacrificios dio dinero suficiente para una lápida. Pero qué
más da si todos los benineros de mi generación la recordamos cada vez que se
pone delante de nosotros una mujer que excede pintándose todo aquello que no
está tapado por la ropa. Qué más da una lápida si los de mi generación solemos
decir casi todos los días unas cuantas veces: ¡Anda!. ¡Si va pintada como la Bizcocha!.
domingo, 26 de mayo de 2013
Rectifico lo de borracha
Cuando la
historia queda escrita yo creo que no
muere y cada vez que alguien se encuentra con ella en cierta medida vuelven a
tomar vida. Nos imaginamos los personajes, los colocamos en el escenario y hasta somos capaces de modificar la narrativa. Como no muere, no quiero, no
debo dejar reflejado que aquella destilería que tenían los Regalaos era una
chapuza de destilería.
Sí es cierto que donde estaba la destilería quedo definitivamente como un corral poco
antes que llegasen las máquinas y todo lo destruyeran para la construcción de
la presa; pero si solo dejase eso escrito de corral y lo de borracha dejaría la
historia de aquella casa, de aquella destilería mutilada.
Cuando lo
que dejamos escrito os lo encontréis los descendientes de los: Roda, Añez,
Ruiz, Maldonado, Sánchez, …, para los Martín, Indalecio, Fernández, …, para los
Blancos, Medina, Molina, López, …, los Pérez, Gutiérrez y otros tantos (que me
perdonen) por no acordarme de sus apellidos, pero que tienen sus raíces en Benínar;
para todos ellos quiero dejar constancia que aquella vivienda además de pasar
días felices y entrañables nuestra querida familia Doucet, (algo tendría de
especial al ser la elegida para vivir una familia canadiense después de recorrer
todos los pueblos de Almería y Granada); aquella vivienda era la más genuina al estar
situada en el corazón de Benínar, que su fachada daba a dos calles y a la
carretera donde se esperaba a la Alsina. Donde llegaban o partían los seres entrañables para los benineros.
En aquella
casa para todos los beninerillos de aquella época nos demostraba que con tan
solo una parra se podía ser parralero, que con tan solo un rosal uno podía
enterrarse o revolcarse en pétalos de rosa, todos los días de la primavera, producía tantos, como eran capaces de dar casi todos los rosales de
toda La Alpujarra entera.
Aquella casa
además de tener una destilería que aquel recinto termina siendo un corral,
además de tener la parra y el rosal más grande jamás fue visto en la zona, además fue testigo
en casi todo el siglo XX de todos los que llegaban y entraban al pueblo, pero
sobre todo de permanecer aún en la retina de todos los que eligieron ser
emigrantes. La última imagen que jamás se olvida.
Para todos
los mencionados anteriormente, si alguna vez queréis encontraros con vuestras raíces,
los pocos que nos dedicamos a dejar rastro de nuestro pasado, intentamos
plasmar la realidad de aquel pueblo alpujareño y la realidad está compuesta por
la forma de vivir de una sociedad hermética con sus luces y sus sobras.
La casa de
los Regalaos la podíamos describir donde estaba ubicado el mejor restaurante en
la ruta de las alpujarras, al borde de la carretera, con destilería propia, donde
acudían los benineros a pasar las tardes charlando entre copitas de anís en aquella terraza cuya sombra la
proporcionaba una parra y un rosal inmensos, (lo de la parra, la destilería y
el rosal son ciertos, pero nada más). Si situamos un restaurante, no se
adaptaría a la realidad de aquellos tiempos de aquella forma de vida.
Que no os
pase como a nosotros que echamos mucho
de menos que nuestros abuelos o tatarabuelos, (seguro por ser unos analfabetos),
no dejaron nada escrito que los de mi
generación necesitamos cubrir, conocer,
esa parte del vivir de cada día de nuestros antepasados que es nuestra HISTORIA como la vuestra.
viernes, 17 de mayo de 2013
Mi ropa huele a borracha.
Los que de
jóvenes entramos en el corral de Pepe el Regalao tenemos impregnado en el
sentido del olfato aquel olor especial a anís que tenía dicha cuadra como el
parecido al entrar a la taberna de Antonio Campoy. Por más que permaneciese abierta
aquella puerta (sobre todo cuando estaba habitada aquella casa por Dolores la
de Tomillo) cuando las mujeres acudían a lavar en aquel lavadero alimentado por
una de las pocas balsicas que había en Benínar, aquel recinto siempre olía a
anís.
Ningún
objeto llegó a estar colgado de sus paredes que relacionase aquel lugar con una
destilería. ¿Dónde estaría aquel alambique?. Hasta las semillas de anís no recuerdo
que naciesen en la vega de Benínar. El olor quedo incrustado en sus paredes
como testigo después de trascurrir casi un siglo.
Es de
suponer que aquella empresa dejó de funcionar en aquel tiempo en que apareció
en la Contraviesa la filoxera en el 1883, en la que, desaparecen todos los
viñedos de casi toda la cuenca del Mediterráneo y por lo tanto del Cerrajón de
Murtas y de Laujar que sería de donde llegaba la pulpa después de sacar el
mosto a las uvas.
Aparece en
Plaza de Benínar:
“Cuando apareció la filoxera, los agricultores apenas podían hacer nada para
combatirla. Se provó inundar los campos con agua para que el animalito muriera
ahogado. Evidentemente, esto sólo funcionaba en zonas de regadío. Gracias
precisamente a ello, las parras de la uva del barco de Almería pudieron salir
relativamente bien de la plaga. En cambio, las viñas de secano de la
Contraviesa, quedaron extremadamente dañadas. Se calcula que en el triángulo
Castell de Ferro, Lujar y Rubite, en especial, junto con zonas anexas, estaban
destruidas la friolera de 40.000 Ha de vides. Estamos hablando de millones de
cepas completamente "achicharradas" por el dichoso bichito”.
Es de
suponer que dicho establecimiento lo pondría en funcionamiento el padre de
Andrés, (que conocimos los de mi generación) que ya éste cuando se vuelve a
replantar todas las vides de la zona no vuelve a reflotar la empresa.
Lo que sí es
cierto es que los nietos de aquel Regalao de la destilería sus vidas las
enfocaron (siendo por supuesto los pioneros benineros en conseguir una carrera
universitaria) a otros menesteres.
¿Dónde estará aquel abogado que desarrollo su
profesión en Madrid?. ¿Dónde estarán los descendientes de aquel nieto del
Regalao que consiguió dos carreras, la de maestro, la de enfermería y lo más
destacado ser alcalde de Roquetas?.
Aquella
vivienda llegó a ser alquilada por la familia Doucet cuando estuvo viviendo en
Benínar y recuerdo a Eugenia que después de permanecer lavando en aquel recinto,
cuando salía de aquel recinto, me decía: Mi ropa huele a borracha.
lunes, 13 de mayo de 2013
Los plateros alpujarreños. Primero.
En los
libros de Lorenzo Cara Barrionuevo y Juan Luis Ruiz Marquez, que reflejan el
estado de la Baja Alpujarra en el tema del transporte durante todo el siglo XIX
y parte del XX, los plateros de La Alpujarra (del famoso burro del premio nobel
Juan Ramón) tan imprescindibles en el transporte del plomo desaparecen sin
dejar rastro alguno. La desaparición se acelera en las décadas de los cincuenta
y sesenta del siglo XX con la llegada a la zona de los motores (motocarro y
furgoneta) diésel y de gasolina.
En los
libros mencionados anteriormente recogen la cantidad de animales de carga
existentes en toda la Baja Alpujarra que fueron desapareciendo en primer lugar
al ir desapareciendo la extracción del plomo y el remate es cuando el
agricultor ya a mediados del siglo XX es el cateto, al que le cuesta tanto incorporarse a la España de “la
chica yeyé”. Los jóvenes alpujarreños decidimos abandonar la zona
para hacernos modernos.
De en cada casa un corral y en cada corral un animal, en casi cincuenta años, se ha llegado al extremo de tener que alquilar los
caballos (no cuadra a la juventud actual representar al rey cristiano o al rey moro
desde la grupa de un mulo y mucho menos de un burro) en los distintos pueblos alpujarreños
cada vez que quieren celebrar los Moros y Cristianos.
A mediados
de los cincuenta y hasta los sesenta a las burras de Benínar (hasta llegar a su exterminio) se les somete a un
severo celibato y tan solo el beninero Kiko, rompe dichas reglas dejando que su burra
quedase embarazada. De una cota de 1,5 burras por familia en el pueblo, (en
dicho periodo de tiempo mencionado), conforme se van muriendo se llevaba su
cadáver a La Grajera, para que dichas aves se alimentase. Dicho cementerio de animales las máquinas para la construcción de la presa lo borran del mapa. Este dato no es nada de no tener presente puesto que la generación actual a los animales no los ven como un objeto de usar y tirar.
Volviendo al
tiempo del transporte del plomo desde Sierra de Gador hasta Adra, aquellos
animales llegarían procedentes de la Andalucía Oriental a la feria de Ugijar y
allí los adquirían aquellos empresarios que estaban dentro del transporte de
mercancías. Era de esperar que apareciese el beninero avispado que viese negocio en la
reproducción de dichos animales; es mera suposición ya que dicho dato no lo
encuentro.
En Benínar
existían dos posadas que dentro de ellas, siempre pensé que fueron construidas
por los profesionales del transporte pensando en el número de animales que
podían comer en sus pesebres, más que pensando en las personas que estaban a su
cuidado. También es verdad suponer que los harrieros pusiesen sobre el suelo el
serón del transporte que se utilizaba para el plomo y si era sobre el estiércol más calentito se estaba y sobre él diesen la cabezada.
Si
analizamos la relación animal con el hombre tenemos que analizar a tres
generaciones, la de mis bisabuelos dedicados al transporte de mineral, las
generaciones de mis abuelos y mi padre, la generación de mis hijos, que es lo
que aparecerá en distintos capítulos.
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