sábado, 28 de marzo de 2015

Domingo de Ramos como no estrenes algo se te caen las manos


Mi padre en America con un amigo

Ayer cuando pasaba por delante de una tienda de siempre, la que conoces al tendero de toda la vida, por la C/ Tarifa en mi ciudad Algecìras, me dice el tendero: Cómprame algo que llega el Domingo de Ramos, ... Es un refrán que no se escucha por estos lares, seguro que yo se lo dije en alguna ocasión. Pasé de largo, pero después de dar unos pasos me acordé (de lo que significaba ese día en mi pueblo), de dicho refrán, me volví, y me compre unos pantalones.
¡Por supuesto que sí!. Tengo que continuar con la tradición de mi añorado pueblo Benínar. Aunque nadie aprecie que voy estrenando pantalones, seguro que todos mis paisanos en ese día estrenan como yo alguna prenda de vestir. Hoy que estrena cualquier prenda sin argumentos, en mi niñez y adolescencia las prendas de vestir pasaban de generación a generación, de hermanos a hermanos, vecinos y primos, llenos de remiendos. Entonces estrenar una prenda de vestir formaba parte de los argumentos para ser un emigrante. Recuerdo que cuando llegaban los benineros que ya estaban trabajando en Cataluña, "tan bien vestidos", los que aún permanecían en el pueblo al verlos de aquel porte, pensaban: Nada más que por vestir así, tengo que ser emigrante. Cuando se reunían las personas mayores en la iglesia aquello parecía un convento, todas uniformadas igual, todas de luto riguroso, adaptando aquella forma de vestir prácticamente desde que se casaba el último hijo o se llegaba a los cincuenta. Quien mejor lo puede valorar en la actualidad son todos aquellos del llamado tercer mundo que están mirando las fronteras  de Ceuta o de Melilla.    
En mi pueblo se estrenaba vestimenta, los niños y los jóvenes dos veces al año, (y no siempre estaba al alcance de todos), el Domingo de Ramos y el día del patrón San Roque.
Todos las generaciones que dan el paso de la Cordillera los Andes, de la Cordillera del Atlas, (por mencionar pueblos en los que aún no ha llegado el llamado progreso) de lo primitivo a lo moderno, tienen que llevar  una serie de apegos a sus raíces a su tierra, gustos, (mis hijos dicen manías), recuerdos, que cuando llegan determinadas fechas tenemos que hacer determinados gestos, costumbres determinadas, saludos, al sol a la luna y a la tierra que aunque estemos solos en la celebración, (las nuevas generaciones pasan olímpicamente de tales gestos al menos los míos), pensamos en nuestros seres queridos que se marcharon y en ese día estamos ausentes para los presentes pero abrazados a los que nos precedieron.
En la procesión del Domingo de Ramos tengo los dos brazos sobre mi pecho con los puños cerrados y recordando aquellos pantalones que estrené cuando era un crío, la camisa, cuando adolescente o los zapatos cuando estrené mi juventud y los siento que están a mi lado, aquellos quintos, (los jóvenes que nacimos el mismos año y que nos tallaron el mismo día cuando cumplimos los veintiún años para ir a la mili) aquellas mozas que nos mirábamos nos sonreíamos y nos llenábamos de rubor, perdíamos el paso, parecía  simular  que habíamos tropezado, pero en ningún momento perdíamos la compostura de lo solemne de la procesión.
Que sería yo sin mis recuerdos de cuando vivía en Benínar, aquel pueblo alpujarreño. Los recuerdos de la tierra que me vio nacer son el salvavidas, donde necesito recurrir cada vez que me llega una tormenta que me deja sin barca y me encuentro en pleno mar mirando a mi alrededor y no sé en qué dirección nadar.
Recuerdo a mi padre en sus últimos años que no se acordaba que había desayunado pero era capaz de mantener una conversación durante horas de cuando hizo la mili, de poner ramos en las ventanas de la jóvenes del pueblo el Domingo de Resurrección, de sus conversaciones con los jóvenes de su edad en el reducto todas las noches del año.

Cada vez que voy al mercado y me cruzo con una persona mayor de china, un ecuatoriano, un marroquí, me pregunto: ¿En qué irán pensando?.   

martes, 24 de febrero de 2015

El cuarteto que no acudió al entierro de Eugenia la de Facundo


Uno de los entierros que jamás se me olvida es el de una prima hermana de mi madre, Eugenia la de Facundo. Puede que fuese en mi época de estudiante en que “era libre”, y se me podía encontrar en cualquier parte, y en ésta ocasión coincidió que estaba en Granada cuando se murió aquella paisana.
Fue el entierro que más me impactó, al que para portar el féretro de la calle, del coche  a dentro de la iglesia, fue necesario pedir a un granadino que pasaba por allí que ayudase para formar el cuarteto que portaba el féretro. 
Acostumbrado a los entierros de Benínar que cada vez que se moría un paisano, ese día se declaraba como festivo y todos, hombres para acompañarlo al cementerio y mujeres para velar al muerto. Allí estaba Eugenia, en Granada, donde había vivido toda su vida, de la aristocracia del pueblo (al que acudía de vez en cuando), por morirse fuera, nadie acude cuando escuchan  las campanas tocar a duelo, ni siquiera cuatro hombres para portar su féretro.     
Cuando pienso en la parienta Eugenia me acuerdo de unos cuantos paisanos, que jamás acudieron a los encuentros que tenemos los benineros;  preguntas por ellos (fuimos todos vecinos en un pequeño pueblo alpujarreño) y casi nadie sebe nada de ellos, sacamos la conclusión que  por su forma de ser y su carácter (los benineros nos conocemos todos “como la madre que nos pario”) cuando le llegue la muerte, será un entierro parecido al de Eugenia la de Facundo, que tendrán que pedir el favor a los que pasen en esos momentos por la calle que trasladen el féretro dentro de la iglesia, si es que le dicen misa de cuerpo presente. Eugenia tenía que entrar a una iglesia ya que o había sido monja o estaba bastante relacionada con ellas.
En el foro me encontré la noticia, que se ha muerto Faustino (con cincuenta y cinco años), el de Antoñica la de Matías y nadie de los que se asoman al foro se ha enterado de su fallecimiento.
No sé si Faustino era aquel hijo de Matías que vivía con la base económica de un puñado de cabras en los montes que están encima de El Ejido. Si no es este o será un hermano de todos los que parió aquella gran señora Antoñica.
No recuerdo exactamente los motivos por los que visitaba con frecuencia en mi niñez la casa donde vivía aquella familia que su base económica era una manada de cabras que no todas eran de su propiedad. Llegó a ser la familia más numerosa que tenía Benínar.
De aquella familia recuerdo muchas cosas pero sobre todo destaco una en especial:

Puede que yo volviese de a por agua de la fuente o cualquier otro motivo, lo que es cierto, es que, me encuentro en la puerta de Leocadia, en la entrada al pueblo. Antoñica la de Matías está llorando con un hijo recién nacido  en los brazos diciendo que venía de hablar con el cura para bautizarlo y que no lo bautizaba al no tener padrinos. Leocadia al verla llorar le estaba preguntando los motivos y le contesta Antoñica:
-         -- ¿A quién le pido yo que sean los padrinos de mi hijo?. Está malico y el bautizo lo puede curar.
Leocadia se compadece y decide  que acompañemos su nieta María y yo a Antoñica a la iglesia para lograr que el cura bautizase a aquel bebé. Aquel recién nacido fue bautizado siendo los padrinos dos mequetrefes, estrenando la adolescencia.       

Lo que si es cierto, es que el hijo de aquella gran mujer se llamaba Faustino nombre impuesto por mi madre que fue la madrina. 

martes, 20 de enero de 2015

Jamás les contaré a mis nietos el cuento de Caperucita.


Con la de historias que estoy dejando escritas en este blog sobre mi pueblo Banínar,  cada vez que tenga que dormir a mis nietos, me iré a una página y adaptaré dicha narración a la edad que tengan. Ya me las imaginaré  como pueda. A todos los niños se les debe contar “cuentos” (historias adaptadas a su edad). Qué puñetas tiene que ver Caperucita, Alicia que vivía en la quinta puñeta,  los siete enanitos y el lobo que se comía a todos los que pasaban por el camino, … Todos esos cuentos que tiene que ver con  en la historia de mi familia. A los niños hay que crear en ellos la necesidad del conocimiento de su Historia, en la que ellos son sus herederos y protagonistas.
Casi seguro que comenzaré diciendo: Cuando yo tenía tu edad, … También puede que diga: “En mi pueblo recuerdo que, …”
A mis nietos no les cuento yo que la abuela vivía sola en el bosque y que la nieta era la que le llevaba la comida. Los abuelos, los suyos los de mis nietos viven muy cerca de ellos, no necesitaran que les lleven la comida, lo que realmente necesitaran es que vayan a visitarlos cada vez que puedan y que puedan ser muchas veces. 
Seguro que los abuelos que nos encontramos en los asilos, desde la cuna empezaron a contarle lo de la abuela en el bosque, la de Caperucita. Lo digo por conocimiento de causa ya que suelo visitar  los asilos que están cerca de donde vivo y la mayoría de sus moradores cada vez que se le pregunta por la visita de sus nietos suelen decir: ¡Ahuuuuu!. Reproducen el mismo aullido del lobo que se comió a la abuela primero y a la nieta después.     
A mis nietos no les cuento que cuando vayan al bosque vayan con algo para defenderse del lobo que les puede atacar. Cuando yo mencione los bosques que rodean a nuestra ciudad empezaré por enseñarle el nombre de las plantas. Cuando tengan edad, visitaremos el Parque de los Alcornocales para que identifiquen todas las plantas y seres vivos que conoce su abuelo y por supuesto pondré el máximo de interés donde pisan, que cogen y como cuidarlo, mejor mantenerlo. Estoy empezando el proyecto de los árboles que tenemos que plantar.
A mis nietos intentaré que sepan a diferenciar y a distinguir las orejas que se encuentran cada día cada vez que salen a la calle, los ojos o las miradas, y sobre todo que huyan de todos aquellos que muerden con la boca cerrada. Como se dejen morder no habrá cazador que les saque del vientre del que les ha comido como si no hubiese pasado nada. Que para nada confíen que puede haber un alma caritativa que le abrirá el vientre al lobo y que saldaran, sin mordiscos, magulladuras y desengaños  como si el pasar por un trance parecido se vuelve a ser la misma persona.
También es verdad que tengo un hijo tan pragmático que como me  escuche contarle a su hijo los cuentos tradicionales, (los que he mencionado anteriormente) seguro que me dice: Déjate de chalauras, esos cuentos están prohibidos por los yanitos.   


miércoles, 3 de diciembre de 2014

Para mí es suficiente escribir sobre Benínar.


Recurro a las sensaciones que perciben  mis sentidos  para expresar lo que me llega a la mente cada vez que me coloco delante del ordenador para escribir.
La sensación de glotonería,  como cuando me toca un compañero de mesa que acapara todo lo que encuentra para engullir y por supuesto en vez de imitarlo, reacciono en sentido contrario, se me quitan las ganas de comer.
La sensación de agotamiento e impotencia me llega casi siempre que empiezo por ver lo que escribe cada día los trescientos sesenta y cinco días del año Antonio Burgos o mi profesor José Antonio Hernández.  En esta ocasión al acudir a  los escritores  citados mentalmente me visto, me calzo para la carrera  para llenar el folio en blanco, pero con mis músculos nada más pisar la calle  me siento un canijo que no seré capaz de seguir sus pasos, y en la mayoría de las ocasiones renuncio. En esta ocasión me llega un escrito que en similitud de hacer o no hacer ejercicio, saco la conclusión, que la carrera la han calculado casi a mi medida, me lleno de ánimo y comienzo a teclear.
El escrito que me ha devuelto los ánimos es el  siguiente de José Antonio Hernández Gerrero:  

Leer y escribir son potentes estímulos que ayudan a sobrevivir y que nos orientan para lograr ese bienestar necesario y, por lo tanto, posible.  La vida, como todos sabemos, es un viaje que, al alejarnos de nosotros mismos y acercarnos a lugares lejanos y a personas diferentes, nos descubre el interior de nuestras conciencias y, a veces, de nuestras pertenencias. La lectura y la escritura nos desvelan nuestras carencias y, a veces, nuestras pertenencias. Leemos y escribimos –viajamos- para regresar, para identificar ese fondo que, proyectado en el espejos de los otros, permanece oculto o agazapado.
Leemos y escribimos –viajamos- movidos por un impulso –quizás inconsciente- de ilusionada esperanza, de esa espera plenificada por la aceptación del presente. Leemos y escribimos animados por la convicción secreta de que las palabras son semillas que, regadas con nuestros sudores o con nuestras lágrimas, darán frutos saludables y jugosos.
Leer y escribir son alentadoras tareas que nos acompañan en nuestro caminar diario evitando que corramos demasiado de prisa o que nos detengamos inútilmente. La lectura y la escritura son paseos que orientan nuestras miradas para que contemplemos nuestros alrededores, para que, encontrándonos con lo otro o con los otros, nos descubramos a nosotros mismos y,  vivamos la vida. 

En el Club de Letras pretendemos elaborar un tipo de literatura
-         conectada con la vida,
-         que lea, interprete, comprenda y recree la realidad que, a veces, vivimos sin sentirla,
-         que nos despierte del sueño mentiroso de las ofertas publicitarias, de los intereses políticos, de los mensajes comerciales, de las ideologías vacías, de las promesas engañosas.
Una literatura que nos haga soñar, por ejemplo, con un mundo en el que impere la justicia, la igualdad y la dignidad humana.
Una literatura que nos explique que es posible la paz personal, apoyada en la unidad interior y en la armonía familiar y social.
Una literatura que estimule el gusto -el placer- de vivir y que alivie los dolores y de los sufrimientos del vivir y que nos anime a mantener la lucha de la vida y por la vida.
Una literatura que recupere la memoria, que adelante y cree –que invente- el futuro.
Hemos de tener en cuenta que, tanto la memoria como el futuro son productos de la imaginación que, como es sabido, puede ser creadora, liberadora o destructiva y aniquiladora.
La imaginación siempre va unida a sensaciones y a emociones

Y es que, no sólo la Psiquiatría y la Psicología nos enseñan que, para vivir el presente, hemos de volver al pasado, sino que también la Historia, la Literatura y el Arte nos exigen que recordemos las experiencias gratificantes para disfrutarlas de nuevo, y las dolorosas, para que reviviéndolas, eliminemos sus productos tóxicos. 

lunes, 24 de noviembre de 2014

Me he convertido en un empujacarro,


Tres razones poderosas por las que tengo que encontrar tiempo para seguir escribiendo:
(I)               Primera son los argumentos que me ha mandado mi profesor.
(II)            Segunda, por lo encontrado en el blogs del hijo de mi amigo Antonio Blanco sobre una noticia de mi querida Alpujarra.
(III)           La tercera es por las visitas a mi blogs diariamente, que a pesar de no colgar nada desde hace tres meses, siguen entrado diariamente, desde Rusia, Canada, EEUU y países sudamericanos.  Cito a Sudamérica entera  y así no meto la pata.

La razón de no colgar nada en ese espacio de tiempo es por la llegada de tres nietos de mis tres hijos en corto espacio de tiempo, estar con ellos se ha convertido en lo prioritario para mí. No es que yo sea el que solicite estar con ellos, son mis hijos que al estar trabajando sus padres, me llaman cuando les soy necesario.
Cada vez que le digo a mis amigos cuando me los encuentro empujando un carro:
- Qué pecha nietos.
- Mis amigos me contestan: ¿Y porque te ríes?. Por ser una frase recurrente, es lo que tengo que contestar, ¿o no?. Ya la sonrisa es compartida.
Casi todas las mañanas me las paso por este espacio preciosos que es el Paseo Marítimo de Getarres, donde a lo lejos veo las dos torres de Hércules, las que tenemos en el escudo de nuestra Andalucía, la playa, el mar y tantas cosas, que gracias a mis nietos he podido reencontrarme con dicho espacio y que todos mis sentidos se empapen todas las mañanas de dicho entorno.
Lo que yo suelo hacer todas las mañanas lo suelen hacer unos cuantos más. Un día de estos escribo unos estatutos (tampoco me tengo que apretujar la cabeza, los copio de gooble, seguro que ya estarán escritos) se los entrego a los empujacarros del paseo marítimo y formamos una asociación. Como hoy a casi todas las asociaciones se les subvencionan a lo mejor, …, a la nuestra, …


sábado, 23 de agosto de 2014

María Fernández ochenta años de esfuerzo y recompensas.


Fernández Sánchez Salinero en su artículo: “LA GENERACIÓN QUE TRANSFORMÓ ESPAÑA”, describe las características generales de aquellas personas que transformaron Almería. Al leer el artículo me llega a la cabeza cantidad de personas que cumplen que encajan en dichas características pero no se puede o no se debe generalizar (los empresarios son como los políticos los hay mediocres, buenos y excelentes) y es por ello por lo que me centro en una persona en concreto, la beninera María Fernández y su familia y utilizo algunas frases de dicho artículo. 


Almería va a ser imparable, le dice María a su marido Juan cuando ella va conduciendo su furgoneta (fue la segunda mujer que se sacó el carnet de conducir en Almería) al pasar por El Ejido. Cuando llegan aquellos alpujarreños en los años setenta  el ambiente en todo el Campo de Dalías y Almería capital les recordaba a Benínar cuando en el almacén de Antonio Fernández, los barriles se llenaban de uva para embancarlos y mandarlos a Inglaterra. Todo el mundo estaba entusiasmado cuidando los parrales durante todo el año; todas las mujeres por primera vez sentadas y cobrando un jornal limpiando los racimos de uvas y todos pensaban en trabajar mucho, ahorrar, comprarse su casa, su coche, que sus hijos fuesen a la universidad. El tema del pantano frenó a todos los benineros por culpa del desarraigo, los desánimos, … Pero al llegar a aquella Almería la familia Ruiz Fernandez que estaba invadida por “un no sé qué, (...),  los llena de optimismo (estado difícil de explicar hay que vivirlo para entenderlo)”.  Se respiraba en al ambiente un dinamismo unas ganas tremendas de arrimar el hombro, de emprender, que dicho estado pasó a ser vital en aquella familia. Volvieron al entusiasmo como cuando por primera vez en Benínar dicha familia fabricaba el pan blanco con máquinas.

Ahora que María está a punto de cumplir los ochenta años, (de la misma quinta que Sophía Loren y Brigitte Bardot) y siempre ha sido un ejemplo de trabajo, honradez, austeridad, previsión y generosidad, cuando está sentada en el sofá, le llega el recuerdo de la abuela Rosario, su madre Clemencia que fueron las que les trasmitieron a ella lo que modernamente se llama “emprendedoras”. Pertenecen a una generación que, como me decía la última vez que nos vimos: “Nos  tocó lo peor del cambio: de jóvenes trabajamos para nuestros padres y de casados para nuestros hijos, pero yo no tengo motivos para quejarme ya que Dios me ha dado los mejores hijos que puede tener una madre”.

La familia Ruiz Fernández son gentes que veían el trabajo como una oportunidad de progresar, como algo que les abría a un futuro mejor, y se entregaron a ello en condiciones muy difíciles por el desconocimiento a todo aquello que estaba surgiendo, empezando. Llegaron a un entorno hostil.  “Los pueblerinos” que llegaban a la ciudad, “se les vía a la legua” que eran unos catetos. Los que estaban ya establecidos, los de la capital, cuando los benineros les exponían sus planes, sus ambiciones, sus metas, se les escapaba una sonrisa irónica y el capitalino pensaba: “Estos alpujarreños piensan que esto es Jauja, que aquí se amarraran los perros con longaniza y se les apedrean tajas de lomo”. Afortunadamente esa diferencia abismal entre catetos y capitalinos ha desaparecido, pero los que la hemos vivido y sufrido, telamarinena la adaptación. En aquellos años nos frenábamos constantemente en la forma de hablar, de vestir, de pensar hasta de andar. De andar por los caminos, por los pechos, por las laderas a andar por el paseo y con zapatos, había una gran diferencia, fue el salto de generaciones benineras a la modernidad. No era fácil acomodarse y adaptarse al desconocido entorno.

Aquellos benineros pertenecían a una generación que compraba las cosas cuando podía y del nivel que se podía permitir, que no pedía prestado más que por estricta necesidad, que pagaban sus facturas con celo, y ahorraban un poco “por si pasaba algo”, que gastaban en ropa y lujos lo que la prudencia les dictaba, disfrutando de tortillas de patata y embutidos, en domingos veraniegos de familia y amigos.
Y tan sensatos, prudentes y trabajadores fueron, que constituyeron casi todas las empresas que hoy conocemos, que son capaces de mantenerse y que dan trabajo para unas cuantas familias.

Sabían que el esfuerzo tenía recompensa y la honradez formaba parte del patrimonio de cada familia. Se podía ser pobre, pero nunca dejar de ser honrado.

Nadie como ellos entendieron que la democracia, significaba libertad y posibilidades y seguir viviendo en armonía y respeto, pero nada había cambiado en que el pan de cada día había que ganárselo sin ser marrulleros. María no comete el error de muchos de su generación que decía: “Que mis hijos no trabajen tanto como trabajé yo”. Aquella generación recién llegada a la capital tenía claro que no podía cargarse la cultura del esfuerzo y del mérito de un plumazo, convirtiendo el trabajo en algo a evitar. Ella era la primera que estaba a “pie de obra” y sus hijos a su lado. María no solo “predicaba con el ejemplo”, era el ejemplo para que sus hijos se ahorrasen el sermón. María como emprendedora nata había dejado que su hija estudiase medicina. En aquellos tiempos en Benínar toda la juventud, (se les identificaba en la capital como “los desertores del arado”) tenían que estudiar, unas oposiciones y ser empleado público, (¿cuántos se marcharon a la Guardia Civil?), nadie pensaba en crearse su puesto de trabajo, a no ser que llegase al convencimiento los padres que los estudios no eran aceptados por sus hijos o como se decía en aquel tiempo: “Mi niño no vale para estudiar, tendremos que seguir trabajando en la tierra en un invernadero”. 
Aquella beninera emprendedora, tenía claro que a los hijos había que educarlos en la libertad, pero tenía el presentimiento que su hija, más tarde o más temprano, con carrera o sin carrera, se uniría a la unidad familiar para ser empresaria como ella lo era y lo fue su abuela Rosario y su madre Clemencia.   
Los infantes de la familia Ruiz Fernández en todo momento estaban al corriente de los ahorrillos familiares y aquello que decían parte de los benineros cuando se encontraban en las fiestas de San Roque: “Hijo, tu gasta, que para eso están tus padres. Que vosotros  no paséis por las penurias por las que pasamos cuando vivíamos en el pueblo”. María movía la cabeza manifestando que aquel tipo de educación a los hijos traería graves consecuencias. Salta diciendo:
-      Estáis confundidos pensando y diciendo a vuestros retoños que el dinero nace en las cuentas corrientes de sus padres. Los bancos no son unas fuentes inagotables de hipotecas, rehipotecas y contrarehipotecas.
Estáis criando a unos hijos en la cultura de “los pelotazos”. Son la nueva generación (que conocemos todos), que dicen con toda las cara del mundo, que “lo quieren ya”, “papa o mama dame”. Esos niños que vemos corriendo, por norma, todos los fines de semana cuando vayan a la playa o al campo no se llevarán una tortilla o un bocadillo de chorizo; esos son los que exigen que sus padres les tienen que comprar (ha llegado a convertirse en obligación) hamburguesas, un helado, chucherías y subirlo en los cacharricos, etc, etc.
Me meto en la conversación y digo:
-      -   ¿Y qué decir del vino? Pasamos de la bota o el porrón del vino peleón de La Contraviesa, (después vino el Don Simón con Casera) al Vega Sicilia sin fase de descompresión. El vino ya no está “bueno”, ahora tiene matices y aromas a fruta del bosque. Que adolece de un cierto punto astringente, con demasiada presencia de roble. Esto, por supuesto, a golpe de docenas de euro, que para ser un “enterao” hay que pasar por taquilla. ¡Y es que pocas cosas cuestan tanto, como ocultar la ignorancia!. Me decía una tarde un capitán de gabarra que trabaja en Gibraltar, tomando una copa en la Playa de Getares, que la última que se tomo de dicha marca le costó trescientos euros. ¡Fitetu!.
María me coge la mano para que no siga hablando al estar mezclando cosas que los benineros no tienen porque saber, y, me dice:
-      -  Eso de Vega Sicilia, ¿qué es lo que es?.
-      -  Eso se lo preguntas a tu hija Charo.
-      -  Mi hija es nieta de Clemencia la de la Tienda y sabe lo que vale un peine. Esa ha tenido buena escuela y estira los pies lo que da la manta.

Cada vez que veo la lista todos los años de los nombres que aparecen como emprendedores destacados por la Junta de Andalucía, pienso al no aparecer nuestra beninera que en la próxima tiene que aparecer María Fernández por sus méritos como emprendedora, pero lo trascendente, lo destacando lo más importante,  influir en sus hijos que el mejor puesto de trabajo es aquel que uno se crea y que su negocio va a crear más puestos de trabajo. Los que nos gobiernan en la actualidad no pueden seguir pensando que crear puestos de trabajo es crear más y más oficinas y llenarlos de funcionarios. Hasta que estos políticos no actúen  como actuó María Fernández, potenciar dentro de la familia, preparar a las nuevas generaciones a crearse su puesto de trabajo, (por supuesto con acceso a la universidad y que después decidan), este ciclo en el que nos encontramos nos explotará en las manos como le pasó a Faustino el de la Vegeta en unas fiestas de San Roque, que por no saber manejar los cuetes le explotaron en la mano.   

Pd.
Después de releer y releer, el sexto sentido me dice que lo escrito está falto. Sé que cuando me encuentre con María con su mirada me puede tirar de las orejas. Menciono en plural la familia, destaco a María Fernández, Juan su marido y su hija Charo, pero en total son cinco los pilares, los que siempre han estado al corriente de lo que acontece el día a día.
Antoñillo, el menor, el tímido, en el que todos confían que todo funciona ya que es él, el que engrasa, lee, está a la hora prevista, el que no pone condición alguna cuando se tiene que estar presente, el que informa, el que detecta, … ¿Qué sería del edifico sin la columna de Antonio?.
Juan Ángel es el mayor. ¿Qué sería de María Fernández sin tener a su lado su hijo mayor?. Ambos siempre se necesitan como necesitamos cada uno el agua y el vaso para beberla. Siempre están juntos como la sed y el agua, cuando ambos se necesitan a lo largo del día.       

Para los escépticos, los aburridos, los resignados, los que han perdido la fe, para todos aquellos que tiraron la toalla y viven en una apatía constante, para todos los que necesitan volver a creer en el Dios que nos quiere y nos protege y sobre todo en el esfuerzo, en el trabajo y por supuesto en la honradez, María Fernández es una reseña, un referente. 


lunes, 11 de agosto de 2014

A Aníca nunca se le vio en una fiesta. (II).


Aníca va camino de Berja para comprarse el traje con  el que se va a casar. El padre va cogido a la cola de la mula ya que este va con los capachos llenos de verduras para vender, haber si daba la carga suficiente para la compra del traje. Ella y su madre van andando unos cuantos pasos más atrás y la madre le va diciendo:
-         Es un hombre que desean todas las mujeres. No es agresivo, es amable, le ayuda a su madre en todo lo que puede, …, sabe cocinar y no permanece sentado cuando se sirve la mesa como suelen hacer todos los hombres, …
Comportamiento  no común presentaba el novio en aquellos tiempos en Benínar donde los hombres se habían asignado unos determinados trabajos y el resto para las mujeres, pasar dichas barreras aquella sociedad obligaba por las habladurías en los corrillos que surgían espontáneamente en cualquier esquina, aquellos alpujarreños, “los líderes”,  arrugaban la boca para manifestar que aquello no estaba claro y que en cierta medida no se sabía explicar pero el comportamiento de aquella persona eran sospechosa, pasaba a ser  observada desde que se levantaba hasta que se acostaba. Desde pequeño aquel joven además de demostrar en el trabajo en el campo ser de los mejores, también realizaba cuando encartaba trabajos de la mujer. La madre continuaba diciendo a su hija:
-         Es que desde pequeño cuando tenían que portar a algún crío pequeño, en vez de hacerlo las hermanas era él el que al bebe llevaba espatarrado en su cadera. Cuando la madre se ponía mala era él el que dejaba el puchero puesto en la candela antes de salir para trabajar en el campo, …
En ese mismo día va camino de Murtas el futuro marido con el mulo cargado, que con el importe del producto una vez vendido se compraría un traje de pana para la boda.
Ambos se conocen desde pequeños como se conocían todos los críos del pueblo, pero ambos ya jóvenes no habían manifestado estar enamorado, es decir habían llegado a una edad en la que tenían que casarse y son las dos familias, los del novio y de la novia los que negocian el casamiento y por supuesto a cada uno, cada familia le asignaba (si es que existía) el bancalillo, el trozo de secano, la casa, … lo que cada uno aportaba al matrimonio, el ajuar que en la medida de lo posible tenía que aportar tanto el hombre como la mujer.   
Como era costumbre un día o dos después de comprase los trajes serían casados de madrugada, sin asistir invitados y por ello sin convite de boda. Los recién casados pasaban a la casa asignada y allí permanecían sin comunicación con el exterior un tiempo determinado suficiente para consumir el matrimonio. 
Aquello pegó un reventón a los tres días de estar casados. La madre viendo que su hija no salía de casa va a su encuentro y se la encuentra  llorando desconsolada. Entre pucheros, llorando le dice:
-         Hemos pasado tres días, sin hablarnos, huyendo el uno del otro, que ambos nos subíamos por las paredes. Él se marchó de madrugada y yo temiendo los comentarios de la gente del pueblo, en lo que van a decir y chismorrear, no me he querido ni asomar a la ventana.
El marido separado se enfrenta a los chismes y cuentos que cada beninero tenía su punto de vista del fracaso del matrimonio y ella se encierra, tan solo se le verá bastante tiempo después en el huerto. Toda la vida en casa y nadie la verá en misa, ni en los días más señalados, en una procesión, pero sobre todo asomarse a la ventana en los tres días que duraban las fiestas en el pueblo a pesar de estar su casa en la plaza donde se celebraban los bailes en las fiestas. A pesar que en su puerta se ponía a la sombra la Banda de Música de Ugijar para tocar aquellos pasodobles que levantaban de la silla hasta a los más ancianos para bailar. Una reacción tan primitiva como es la de moverse al sentir que la música la que  recorre el cuerpo, te hace brincar y saltar, jamás supimos si Anica bailaba sola en su casa, ya que en a las fiestas no acudía. Aquella casa donde pasó toda su vida casi en clausura, jamás entró nadie ni siquiera los críos cuando pasan por la etapa que tienen todos de exploradores entraron a todas las casas por simple curiosidad entraban en aquella casa nadie sabía ni tan siquiera donde estaba la cantarera. No sé lo que pensábamos o sentíamos  los beninerillos de aquella casa y de quien vivía en ella. ¿Compasíón?.  ¿Miedo?. ¿Malbajio?. Mira que en aquel tiempo casi siempre se sentaban en la Puerta de Teresa, a la sombra, allí mismo en la plaza, todas las mujeres mayores de la misma edad  en espera que la campana les convocase al rezo del Santo Rosario. María la Pabila, Adoración, Antoñica la de Ramón y su prima Gador, La Sebastiana, que eran las fijas  y otras que acudían de forma ocasional, pero ella, Anica, jamás se sumo al grupo.  A todas ellas y los hombres correspondientes, los recordamos como los que se llevo por delante el pantano. Prefirieron morir antes de salir de su pueblo.      
Si la puerta de Anica la de la Posada (la otra Anica descrita anteriormente) como todas las del pueblo siempre estaban abiertas, la de Anica la de la Plaza siempre permaneció cerrada.
La aptitud tomada por ambos conyugues a la larga permaneciendo viviendo como solteros, él en servicio permanente a la comunidad y ella permaneciendo en clausura, logran pasar desapercibidos dentro de aquella comunidad tan pequeña que de vez en cuando necesitaba un chismorreo aunque a la misma historia se le sacase varios fascículos o versiones. Cuando salía a relucir aquel fracaso matrimonial, todo el mundo pasaba de puntillas sin añadir ningún comentario.