martes, 31 de diciembre de 2013

Aterramientos y tan pancho se quedó el delegado.



Además de los problemas que fueron apareciendo durante todos los años de existencia del pantano de Benínar y que ninguno se ha resuelto, ahora el delegado territorial en la materia dice que tiene problemas de “aterramientos”. Solicito información al diccionario y me da tres posibilidades: Acumulación de tierra. Terror. Humillación. Los benineros tenemos entendido desde que nos  lo decían nuestros abuelos, la primera solución no es, puesto qué, quien ha aportado las tierras para la construcción  de todos los bancales y paratas que había en el pueblo siempre fueron las  llovías y el delegado dice: … , "porque si el año se presenta seco podemos tener graves problemas de 'aterramientos'".  ¿Será la palabra terror?. Si es así, es el terror que puede aparecer, que siempre están presentes  en la cuenca baja del río, si apareciese una tormenta de las ya conocidas por los benineros y por los abderitanos. La palabra que reune lo que quería  expresar el delegado es la palabra “humillación para los benineros”. Es lo más parecido a la realidad. Es lo que yo siento, humillación cada vez que sale cualquier noticia sobre el dichoso pantano. Me siento humillado al realizar una obra con la intención de aportar agua para los invernaderos del El Ejido, que digo un pueblo para todos los del Poniente Almeriense e incluso para abastecer a la capital, y dicha construcción ha sido un fracaso. Nos lo vendieron en aquellos días de las obras que el pantano sería lo fundamental para el progreso del Almería y visitando las hemerotecas se puede comprobar, y según las estadísticas de los casi 500 hectómetros cúbicos que se gastaron en la temporada agrícola del  2012 al 2013, (el año que llovió tanto) tan solo aportó el pantano 15. Con estos datos que dan las estadísticas en vez de sentirnos los benineros orgullosos de aportar nada más y nada menos que todo el agua que necesitan los invernaderos, los datos nos dan argumentos para sentirnos de todo menos orgullosos por nuestra aportación.
Todos nos sentimos orgullosos de aportar según nuestras posibilidades (a los benineros nos expulsaron de nuestro pueblo) lo que necesita un proyecto que aporta beneficios a la comunidad. Después del tiempo transcurrido y ver que dicho proyecto le han aparecido grietas y se escapa el agua, (es el argumento que se dan cuando abren las compuertas cuando llueve en la zona) es tanta la que se pierde que el presupuesto del arreglo supera casi los costes de la construcción de la presa. Es tanto el importe del arreglo que nunca (dudo que se tengan localizados por donde se va el agua, ya que, antes de la construcción de la presa estuvieron dos años haciendo perforaciones para analizar el subsuelo) se dispuso de dicha cantidad de euros ni nunca se tendrán. Que la tierra acumulada es tanta que se utilizará (existe un reportaje donde la alcaldesa de Adra tocaba las palmas de contenta por la llegada de muchísimos camiones de arena) para aumentar las playas de Adra. Que cualquier pozo de la zona aporta casi la misma cantidad de agua que aporta la presa. Son tantos los errores cometidos en su construcción, que la aportación de cada beninero nos da de todo menos satisfacción. Aportamos nuestras casas, nuestra iglesia, nuestras calles, donde transcurrió nuestra niñez,  juventud y todo lo relacionado con nuestras raíces. !Ay!, señor delegado si usted supiese.

Seguro que el delegado se equivoca utilizando la palabra “aterramientos en el pantano de Benínar”.    

jueves, 12 de diciembre de 2013

Tienda de pueblo II.



Los de mi generación somos los que hemos pasado la línea del pueblo a la ciudad. Nacer, crecer y una vez en producción nos hemos marchado para escasamente volver el fin de semana y por supuesto el no retorno a ese espacio único en el que han vivido generaciones y generaciones de cada uno de nosotros. Espero como agua de mayo a los políticos que sean capaces de potenciar las aldeas, pero sobre todo deseo que los lugareños quieran poner sus esfuerzos en levantar su aldea, su lugar de nacimiento. Aún se está a tiempo ya que existen suficiente número de personas que aún conservan los lazos de unión con la tierra que le vio nacer donde pasaron los primeros años de su vida.
Los bares y la tienda es lo que aún sigue y no en todos los municipios de menos de quinientos habitantes que serán los últimos que cierran sus puertas después de ser mantenidas por las personas mayores que irán cerrando conforme se jubilen sus propietarios. Son muy pocos los jóvenes que quieren seguir el negocio de sus padres y si continúan es por supuesto fuera de ese pueblo.
Por lo que he visto nadie se ha parado a pensar que una tienda de pueblo es el banco de alimentos. Banco ya que es el único espacio en Andalucía donde aún  pueden comprar fiado todos los vecinos.  Es el único lugar donde comprador y vendedor estudian las posibilidades de acomodar sueldo y disponibilidad. Es el único lugar donde aún sobre vive el trueque en su justa medida de precio. Es un reconocimiento entre el que presta y el que recoge sin nada de firmas ni avales de por medio. Comprador y vendedor tienen confianza plena que aquel retiro de mercancías será abonado aunque no se sepa cuándo.

Recuerdo en especial sobre los años sesenta, una pastora en Benínar con siete hijos que su único recurso era la manada de cabras, disponían de dinero en metálico, cada vez que por temporada en la primavera principalmente vendían los quesos, para que sus dedos tocasen una vez al año por lo menos la textura de los billetes, vendían la lana de las pocas ovejas que tenían,   si es que los vellones no los tenían que entregar como pago de la utilización de los pastos; los chotillos a finales de año que consistía en un repaso de cuentas pendientes, que ajustando precios y mercancías se volvía a retirar fiado de la tienda. De una manada de ciento y pico de cabras salió aquella familia adelante y cuando llegaba a la tienda a comprar, terminaban sus lamentos diciendo: “Comer había que comer todos los días y si no le daban fiado, haber como se podía poner la hoya en el fuego”.

Las tiendas de pueblo jamás han pasado por la cabeza de todos los gobernantes de la democracia, de los de Madrid y de los de Sevilla  liberarlos de gravámenes, aplicar subvenciones a un servicio a la comunidad imprescindible para todas aquellas personas que no tienen medios de desplazamiento, que aún sobreviven en un medio rural.
Cada vez que se cierra una tienda rural se les cierra la despensa a todas aquellas personas que por unas circunstancias o por otras continúan viviendo en todos los pueblos de Andalucía que tienen menos de quinientos  habitantes, que en Almería tenemos (según estadísticas) sobre unos treinta y tres, más unas cuantas pedanías. Es poner una cantidad de personas que aún continúan viviendo en su lugar de origen prácticamente en el dilema de la supervivencia. Pero lo más lamentable es que dichos establecimientos sean cerrados por tener que ingresar a las administraciones públicas periódicamente unas cantidades que atacan directamente a la yugular de aquella tienda que aún se mantiene en dicho pueblo.
En base al dicho: "El que tiene tienda que la atienda y si no que la venda". Posiblemente,  el coche del tendero o la tendera siempre han estado a disposición las veinticuatro horas en el caso de llevar a urgencias a alguien al hospital a propios y foráneos.

Esos panaderos que todos los días recorren cientos de kilómetros repartiendo el pan a todas aquellas personas mayores que son los que viven en el pueblo realizan una labor social impagable. Por parte de la administración sin reconocer. Los aldeanos se tienen que desplazar  y en  vez de esperar el transporte público, (que todas estar aldeas no lo tienen) están sentados en el malecón esperando que pase el panadero para la ida y al tendero para la vuelta. Veremos cuando dura esa prestación social.

En muchos pueblos  ya desaparecieron las escuelas, se marchó el médico, el enfermero, el cura, …, pero que desaparezcan las tiendas por culpa de los impuestos es dar la definitiva vuelta de tuerca para la desaparición de las aldeas.

Otro tema presidenta que ni se le ocurra preguntar a los que se encuentren por la calle si es que pernocta en alguna aldea:
¿Tienen localizados, totalizados, cuantos están dados de alta en las aldeas  que rodean las poblaciones cuando realmente donde viven es en la ciudad?. Una pista:

¿Cuántos vehículos están dados de alta en las aldeas, cuando realmente duermen en ellas algún que otro fin de semana?. 

martes, 10 de diciembre de 2013

¿Una tienda?. ¿Y eso que es lo que es señora presidenta?.


 Un beninerillo se tenía que jugar el puesto cada día de estar sentado en el pupitre al lado de la ventana y contestarle el que había llegado antes: ¡Ha ¡. ¡ Lo siento!.  Llegue antes. ¿Qué me das?. No seas malaje,  (dice otro compañero) que tiene que estar pendiente por si aparece por el Collado la fiscalía.  Aquel imberbe vigilante tenía que  estar pendiente de todo vehículo que entraba al pueblo. Tenía que estar sentado sobre sus tobillos para estirase y llegar a la ventana, y compaginarlo con lo que decía el maestro. Por aquel tiempo todos los vehículos que llegaban a Benínar eran reconocidos desde lejos. Al aparecer uno distinto a lo lejos, aquel beninerillo tenía que salir corriendo (como se solía decir dándose patadas en el culo) desde la escuela hasta su casa para que su madre la tendera cerrase la tienda ya que por aquellos finales de años cincuenta la inspecciones llegaban por los pueblos alpujarreños y tanto los bares como las tiendas tenían que estar dados de alta, que ello significaba, que el dueño del establecimiento tenía que estar dado de alta en la Seguridad Social y pagar sus impuestos. Menos mal que aquel tipo de guardias duro poco tiempo, el suficiente hasta que, dichos emprendedores fueron convencidos por paisanos que trabajaban dentro de la administración que el cotizar significaba que llegado a la vejez se cobraría una paga, (la paga de jubilado en Benínar se llevó muchísimas noches enteras sin dormir a todas las personas mayores, muchas más noches que la mosca del sueño de García Márquez) hasta que no llego tal convencimiento lo que se entendía en Benínar es que unos señores de la capital, llegaban al pueblo poniendo multas por tener una tienda o un bar. Los dueños de aquellos establecimientos ponían a sus hijos a vigilar la entrada de coches al pueblo para dar  con la puerta en las narices a los inspectores y que todo paisanos que fuese preguntado donde estaba la tienda o el bar tenía que contestar, que no entendían la pregunta ni sabía nada, ni conocía a nadie relacionados con aquellos nombres. Así funcionó el boicot a los inspectores a aquellos extranjeros sospechosos de formar parte de la administración.  

Saco esto a colación por estar en un pequeño pueblo de Huelva que tiene dos bares que abren por la noche y una tienda con la puerta cerrada, que al preguntar la razón de estar cerrados argumentaron lo mismito que argumentaba aquella beninera que tenía una tienda: 
“El negocio no da para pagar impuestos en un pueblo que solo somos ciento y pico de habitantes casi todos mayores, que están acostumbrados a vivir de la leche de la cabrilla, de los huevos de las gallinas, de los árboles frutales y de las papas del huerto”.


Otro gallo cantaría si nuestra presidenta  se le ocurriese elegir una casa rural en uno de tantos pueblos de nuestra Andalucía que solo quedan ya mayores y que en un momento dado necesitase comprar un tetrabrik de leche o media docena de yogures (para los niños) y le dijese el vecindario que se tenía que desplazar quince kilómetros hasta Aracena para encontrar una tienda,  para encontrar “lo olvidado”. Seguro que los del pueblo donde he pasado unos días, al saber que era ella la jefa de los inspectores, seguro que reaccionaban como en los años cincuenta reaccionaban los benineros al preguntarle un extranjero por una tienda. Contestarían a nuestra presidenta: “¿Una tienda?. ¿Y eso que es lo que es en nuestro pueblo señora presidenta?.  Deme más pistas. ¿De qué está hablando?".

lunes, 2 de diciembre de 2013

¿Existen algunos tipos de lazos entre La Alpujarra y el norte de África?



Con el follón que ha ocurrido en mi ciudad Algeciras, sobre la visita de Picardo (no deja de ser el alcalde de Gibraltar el edil de una ciudad de treinta mil habitantes) al ser invitado por la universidad de Cádiz para dar una conferencia y ser recibido en la puerta con pancartas (y decirle de todo menos guapo), y tener que marcharse escoltado de vuelta a su pueblo sin poder dar la conferencia, todos los que estamos empadronados en Cádiz y provincia no nos hacemos más que la siguiente pregunta: 
¿Quién puñetas invita al vecino más indeseable?. 
La cuestión es que todos los medios de comunicación de la comarca del Campo de Gibraltar en esa misma noche analizaron dicho acontecimiento y por supuesto que tenía que estar presente el analizador más puntero que no es otro que el que fuese alcalde de Algeciras D. Patricio González.
Del resumen de todo lo que se dijo (análisis y vuelta a empezar a volver a analizar las relaciones vecinales de Gibraltar con su comarca) para mí el colofón fue cuando el que fuese alcalde de la ciudad donde estoy empadronado dijo:
En esta semana que se cumple el aniversario de cuando me casé, como siempre nos solemos ir unos días a un pueblo de La Alpujarra de su ladera sur.

Este hombre que desde siempre está por la labor de acercamiento de la dos orillas del Estrecho de Gibraltar, que casi todas las semanas tiene un acto en el que tiene que estar presente en Marruecos, que posiblemente es el campogibraltareño que mejor conoce todos los pueblos de la Cordillera del Atlas, decide celebrar sus aniversarios de boda en nuestra tierra, La Alpujarra.

Todo esto sale a colación al llamarme desde la biblioteca de Almería hace unos días pidiéndome la dirección de Eugenia Doucet para que acudiese a una serie de conferencias que se estaban organizando para dar en los distintos pueblos alpujarreños, supongo que de los que pertenecen a La Alpuajarra de la provincia de Almería.

Puede que exista  un investigador que no deje de averiguar y de hacerse presente en todo lo que es el territorio que tenemos frente a todo el litoral de La Alpujarra, que se dedique a crear lazos de amistad y colaboración, estar presente en todos los actos culturales que se realizan o se pueden organizar. Si existiese este o estos personajes algo tendrían que ver las dos diputaciones de Granada y Almería, y, deberían visitar en estos días a este campogibraltareño que está en nuestra tierra para cambiar impresiones y en cierta medida programar los actos culturales para el año próximo.  

 

viernes, 22 de noviembre de 2013

El miedo de todo a un euro.

 
Después de pasar tres días en La Alpujarra y reflexionar sobre el tema de los asiáticos con este último comentario quiero terminar con lo de los chinos al Sur de Granada. Mis ideas en todos los conceptos de lo que representa, de cómo se piensa en mi tierra o pensamos los alpujarreños y de cómo sospecho que piensan y actúan los chinos que me encuentro todos los días en todos los comercios de mi ciudad y sobre todo en los polígonos industriales, creo que no encaja ni debe de encajar.

Pensaba que si los asiáticos hubiesen llegado a La Alpujarra ésta sufriría una transformación hasta el punto de perder su identidad. Sus jamones, sus quesos, las castañas, el aceite, el vino, etc., su comercialización estarían en manos de dichos comerciantes chinos y por ello a estos productos les pasaría como les pasa a la ropa, bolsos, zapatos, etc., que se pueden comprar en sus establecimientos. Pensaba que al apoderarse de la comercialización de lo que allí se produce los productos de mi tierra perderían lo auténtico, lo genuino que en la actualidad tienen.

En lo referente a gastronomía no me he encontrado ni pizzerías, hamburgueserías, ni nada que tenga sabor a chino. De vez en cuando me encontraba con una tienda de pueblo, es decir que ni los  mercadonas ni sus colegas han puesto su chiringuito en dicha tierra.

Mientras que en las ciudades por la noche nos podemos encontrar con gente que busca que comer en los contenedores de basura, a los moradores de La Alpujarra les sobra de todo. Tienen castañas que no son capaces de comer, las manzanas, granadas, membrillos, etc.,  se pudren en el suelo debajo del árbol y en los huertos, se ven tomateras sin recoger, coliflores que se dejaron subir por no tener consumidores y almendros que no se recogieron en su tiempo al lado de las carreteras esperando que alguien los abaleen, higueras que sus frutos están en el suelo esperando a los animales que llegan de otros continentes para que se alimenten. Tampoco me tropecé con furgonetas en la carretera ofreciendo dichos productos, como por ejemplo las vemos en las carreteras de la costa, desde Motril a La Mamola.

Terminado el ciclo anual de los frutos con las castañas, ya estaban floreciendo los nísperos que son los que comienzan el ciclo de las frutas.

Bendita tierra La Alpujarra que produce alimentos sobre todo frutas y hortalizas el triple (por decir una cantidad) de lo que necesitan los que allí viven.

Las diputaciones de Granada y de Almería deberían poner chiringuitos para que los que los que la visitan puedan comprar todos los libros publicados sobre dicha tierra para que los que repiten una y otra vez antes de llegar concreticen las rutas a seguir.

Contaminado mejor dicho distorsionado por los medios de comunicación y después de pasar años sin recorrer la ladera sur de Sierra Nevada y después de pasar allí tres días visitando pueblos, en mi caso he vuelto a ordenar como estaba en mi cabeza el cómo es mi tierra. Desde los años setenta que me marché definitivamente de ella sigue siendo la tierra descrita en la Biblia, “donde mana leche y miel”. La tierra prometida donde me gustaría terminar los últimos días de mi vida.

Me he tropezado con unos cuantos Gerald Brenan, (que dicho sea de paso nunca entendí todo lo que dicho escritor escribió de mi tierra), con unos cuantos autobuses de turistas en Trevelez y pare Uds., de contar. Todo me lo he encontrado como lo dejé hace cuarenta años. Ni Canal Sur ni todas las TV juntas han podido modificar sus calles, sus costumbres, sus acequias y sus huertos.

Claro que les gusta a mis paisanos alpujarreños los Carnavales de Cádiz (aunque dicho sea de paso las letrillas casi nadie las entiende), las ferias, las sevillanas y los fandangos y sobre todo los caballos, pero ni se han comprado uno, (siempre fue un lujo tener un caballo que nadie se lo permitía), ni han perdido el tiempo en el empeño de saber bailar unas sevillanas, ni se han puesto a disputarse entre ellos para ver quien saca el paso de Semana Santa con más lujo, ni saben que diferencia existe entre portadores de trono y costaleros. Me gusta mi tierra que no se ha dejado contaminar ni por los pisha, ni los miarmas, ni por el killo, ni por los de la malafolla.

Dr. Antonio Castillo Martín
Las aguas de Sierra Nevada. A. Castillo (1993)
De las 42 lagunas de aguas relativamente permanentes que hay en la Sierra, la mayor parte se localizan en la vertiente Sur; casi la mitad, unas 17, se conservan en la cuenca del río Trevélez, y 11 más en la cuenca del río Poqueira. En la vertiente Norte solo existen unas 10 lagunas de aguas estables.
Son muchas las acequias que aún se conservan, pero vale la pena deleitarse contemplando algunas de ellas, como la acequia Alta de Capileira, la acequia Baja que corre paralela a la anterior, la acequia de La Andadera, la de La Cabaña Vieja en La Hoya de La Mora, la acequia Chica de la loma del Calvario, la de La Fuente y Papeles en la loma de Maitena, la de las Albardas y Bacares en Trevélez, la de los Castillejos en Bubión...

Las lagunas son el corazón y las acequias las venas principales que alimentan a la infinidad de huertos que tiene cada pueblo. Las acequias y los huertos heredados de todos los pueblos que pasaron por La Alpujarra. ¡Dios que herencia!.

jueves, 14 de noviembre de 2013

La tía Lola



Que trabajito me cuesta ir a visitar a una persona cuando me dicen de ella que está en el hospital y que apenas conoce a nadie. Eso me ha pasado con mi tía Lolica la de mi tío Ramón. Lo último que sabía de ella es que mi hermano la había visitado en el hospital y tenía agotados todos sus sentidos.

La última vez que le visité en su casa me acompañaba su hija y estaba llena de vida y disfrutando como jamás había disfrutado. Me decía su hija que desde que llegaron a El Ejido, ella y su marido visitaban con frecuencia donde se reunían los jubilados y cuando se murió su marido en vez de ponerse de luto, ir todos los días a la iglesia por la tarde y por la mañana a la plaza a comprar,  encerrarse en su casa todo el día como era costumbre en todas las mujeres beninaras, ella, posiblemente influenciada por sus colegas del hogar del pensionista,  se incorpora con todas sus fuerzas en dicha panda de viudas (tal y como aparece en ese programa nuevo de la TVE) y pasa sus mejores días de su vida.

Atrás había quedado pasar de vivir en el Cortijo de la Mecila a vivir en una casa prestada por sus suegros. De cargarse a sus espaldas todas las mujeres mayores  ( en las últimas bocanadas de Benínar,  cuando murieron todos los viejos de golpe asustados por los barrenos y explosiones por la construcción del pantano) que había en el pueblo y asistirlas como si se tratase de un familiar cercano. Sufrir el destierro que vivimos todos los benineros, llegar a El Ejido y volver a empezar otra vida diferente y distinta de cómo vivía en su pueblo alpujarreño.

Atrás deja todo aquel pasado lleno de dificultades y penurias, que no todos las benineras  de su generación supieron dejar atrás, lo de coger un cuchillo, una faca y cortar aquellas ataduras invisibles impuestas por una sociedad primitiva  que vivieron  la guerra y la posguerra. Esta beninera es el caso opuesto a su paisana Bernalda Alba (de García Lorca) optando por vivir y dejar vivir.

En un momento dado en aquella visita, su hija abre el armario donde su madre tenía toda una colección de vestidos de fiesta que se ha puesto cada vez  que se organiza cualquier guateque en el hogar del pensionista. No conozco a ninguna beninera de su generación que tuviese un armario como aquel ni tan repleto de complementos. Bueno, en honor a la verdad puede que fuesen del mismo temple o carácter que Rosario la de Paco Ginebra, pero Rosario (con el permiso de sus dos hijas) no tenía un armario tan repleto como aquel. Me decía mi prima, que cada vez que quiere alegrase el día, abría el armario se ponía el vestido, cerraba los ojos y volvía a revivir momentos especiales que estaban colgados de aquellos vestidos, de aquella fiesta, de aquel día.

Empiezo a dar escobazos a todos los recuerdos que tengo de ella y tan solo me quiero quedar con aquel armario repleto de vestidos de fiesta y recordarla un lunes, un martes, (…), que en un momento dado, cuando quería revivir un día especial, apartaba la mesa, las sillas del salón, hacía un hueco, se vestía y volvía a bailar, y bailar, y bailar, (…), hasta caer rendida.    
   

Allí donde te has ido tía Lola, busca a los benineros y contágialos de tu alegría y de tus ganas de vivir. Levántalos de donde están sentados (tal y como hacías en las fiestas de San Roque, cuando comenzaba a tocar la banda de música) y ponlos a bailar que los que están bailando se les cambia el semblante.

martes, 12 de noviembre de 2013

Antoñico el de Emilia


Sin duda alguna hoy sería un día de luto total, de los pocos que nos  podíamos encontrar en Benínar, de cuando se cerraban  todos los establecimientos, de cuando los agricultores se aderezan buscaban en el arca la mejor ropa y aplazan las labores del campo, aparecían los monaguillos jubilados y los que se estaban reclutándo para que doblasen la campana cuanto más tiempo mejor, para que en aquel valle se enterasen hasta las piedras del Cucanal, que la brisa que llegaba del Cejol llevase a toda La Alpujarra entera que se enterraba a uno de los benineros más importantes, más ilustres, más cercanos  que habían nacido en el pueblo, que a pesar de su categoría, siempre se puso a nuestra altura. 

Me llega a la memoria el día en que falleció otro colega de Antoñico el de Emilia; Eugenio Sánchez  Quero, que cuando llegó a Benínar la noticia que había fallecido a los treinta años en el Hospital de Ugijar ejerciendo su profesión de médico se organizó un grupo de hombres para traer desde ese pueblo hasta el nuestro, a hombros, (por el lecho del río lleno de piedras de todos los tamaños) el féretro, para enterrarlo en nuestro cementerio.

Cuando ejercía su profesión de médico y a su vez como alcalde de Berja, abandonaba el pleno del ayuntamiento al recibir la noticia que había llegado un beninero grave (como fue el caso de la madre del que está escribiendo) para atenderlo y no se separaba de su cabecera hasta verlo recuperarse.  Cuando se le preguntaba el importe de su trabajo, solía decir: ¿Tu me vas a pagar con dinero?. Con toda la confianza del mundo reclamaba algo de la matanza, unos soplillos, unos buñuelos, un pan de higo, unas aceitunas partidas, algo relacionado con la estación por la que estábamos pasando, y era cuando los soplillos alcanzaban la categoría de delicate, cuando lo que se producía o elaboraba en su Benínar adquiría la categoría de excelencia.

Nos decían sus hijas la última vez en el Cerro de Las Viñas: 
Ya estaba muy mayor, pero que añoraba tremendamente su tierra, su Benínar. 
Cuando escuchamos aquellas palabra, el que escribe y todos los de mi edad para arriba, se nos encogió el alma que dijese aquella frase, puesto que todos padecíamos de lo mismo, todos estábamos enfermos de añoranza de nuestra tierra de nuestro pueblo. Nos daba en el lado del alma donde más nos duele, donde se concentran nuestros males. El volver a sentarnos  en el Poyo del Reducto y hablar de nuestras cosas; de volver a vestirnos de morillo en las fiestas de Moros y Cristianos, de volver a oler la hogaza salida del horno, el ver desde la Caña Roda todas las chimeneas con un chorro de humo tieso al clarear el día; estar sentados con la cuchara en la mano delante de una salten de migas con sus engañifas rodeado de los seres queridos, etc. Todo eso para nosotros tiene la máxima categoría porque nos llega al alma y porque lo podíamos compartir con el beninero que había llegado con su esfuerzo y tesón donde jamás había llegado un beninero ni por supuesto llegará.

Nos enteramos los paisanos que era pediatra cuando pidió traslado y se marchó de Berja. Para nosotros era médico completo, puesto que lo mismo sanaba a los benineros de un ictus, del dolor de lumbago, de dolor de estómago, como de un fuerte resfriado.

Allí donde llegaste ayer, por donde vayas pasando, seguro que estarás preguntando, donde se encuentran los benineros para juntarte con ellos, y volver de nuevo a retomar las tantas tertulias que dejaste medio terminar, pero sobre todo para seguir ejerciendo como médico completo a todas las familias benineras.   

La  letra de un fandango de Huelva dice: Aunque me voy no me voy, / aunque me voy no me ausento/, aunque me voy no me voy, / me quedo en el pensamiento. Nuestro orgullo, nuestra Historia de ser benineros quedaría manca o coja si tú no formases parte de ella.