jueves, 13 de junio de 2013

PLATEROS ALPUJARREÑOS. TRES

Burro 

De la misma forma que hoy cuando se llega a una cierta edad se toma la decisión de renovar el coche y se suele  decir: Con los años que tengo esté será el último que me compre. Igualico razonamiento recuerdo que en Benínar se iba a la Feria de Ugijar a comprar la última burra (los burros eran escandalosos y muy promÍcuos) para que los dos fuesen envejeciendo a la vez y en cierta medida se iban adaptando los  dos a los caminos, las siembras, los acarreos, …, el ritmo de la vida de las labores del campo.

Rio abajo, de Eugijar hasta que aquellos plateros llegaban a Benínar ambos compañeros se miraban, se medían, se estudiaban y estaban convencidos los dos que tenían que entenderse hasta que la muerte los separasen.
 
Rapidísimo pasa el tiempo en que aquel platero deja de ser  como lo describía Juan Ramón Jiménez:  "Platero es pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón, que no lleva huesos. Sólo los espejos de azabache de sus ojos son duros cual dos escarabajos de cristal negro".

Había que trabajar, en el secano, en la vega, en la era. Había que ponerle las aguaderas poner los cuatro cántaros para traer el agua que necesitaba la familia. Había que traer a la casa el pan nuestro de cada día y para eso estaban los dos trabajando hombro con hombro.

Juan Ramón parece que solo vivió junto a platero los dos o tres primeros años, pero nuestros plateros vivieron junto a Ramón, Paco, Antonio, José, Julio, etc, (muchas generaciones de benineros)  la adolescencia, la juventud y el resto de los años que les quedaban juntos. Recuerdo como para comprobar la edad mis paisanos le abrían la boca y según el estado de sus dientes sabían cuantos cumpleaños pasaron juntos.

Paco toda su vida profesional fue aparcero y por ello cada quince años estrenaba compañero. De ser mulero arando las lomas del Meloncillo la verdad es que no sé, en qué momento llega la frase: ¡Vamonos!, en vez de ¡arre!. Are y el sonido del látigo es lo que acompaño toda su vida a sus antepasados los que trasportaban el plomo hasta Adra. ¿Cuando los benineros toman conciencia que aquellos animales dejan de ser bestias para convertirse en compañeros de trabajo?. Posiblemente fue por diferentes motivos y el fundamental es cuando el hombre se encuentra ante la soledad, no tiene, no encuentra  quien le ayude, quien esté de forma incondicional a su lado, quien le escuche.

En la memoria de todos los benineros se encuentra los cantos incesantes que llegan desde la ramblilla, desde el río del enamorado burro de El Tomillo, el del Molino de la Mecila , o el burro el del Molino del Puente, que al escucharlo las mujeres decían: ¡Canta!. Canta que el que canta el mal espanta. Los hombres en cambio movían la cabeza con una sonrisa con la boca cerrada entendiendo aquellas manifestaciones del burro que ellos tenían que reprimir, (los machos de Benínar, los de dos patas,  no podían manifestar sus ardores con aquella libertad que lo hacía el burro cuando pasaba junto a una burra) el animal de cuatro patas estando rodeado de burras cantaba y gesticulaba cual eran sus intenciones. Por más que insistían nuestros plateros, no lograban que sus dueños  aceptasen aquella virginidad impuesta. Sus dueños y socialmente estaban porque permaneciese en el celibato perpetuo.
          
Amarrado a cualquier reja de cualquier plaza de un pueblo cercano todos los plateros de Benínar contempla como su amo va colocando  casi de forma ceremonial las brevas en el cenachillo de esparto, colgarlo de la romanilla y después de lograr que el rabo de la romana se colocase en línea recta, se le añadían una o dos de propina. En el bolsillo se tenía el cambio de pesetas, reales, perras gordas y perrillas, que cuando faltaban las últimas monedas mencionadas, se llegaba al acuerdo de recompensar el cambio con unas cuantas brevas.
El colmo de la desesperación llegaba cuando se va observando que la gente que acude al mercado va disminuyendo y los capachos no se vacían. Llega el momento en que el beninero tiene que volver a cargar los capachos en el animal y tomar la decisión de ir pregonando de calle en calle:
-         ¡A la rica breva de Beninar!.
Muchacha date el capricho de saborearlas, que toda la familia desfrute del sabor más rico. Te las doy baratas. Te las doy a probar. Tan solo me quedan los culos de los capachos.  
El que estaba más interesado que nadie que se terminasen las brevas de los capachos era la burra. No era lo mismo regresar al pueblo con algunas brevas sin vender que haberlas rematado. Había unos cuantos kilómetros que recorrer en el regreso y aquel vendedor frustrado de alguna forma tenía que volver a encontrar el equilibrio y aquel animal jugaba un importante papel en aquella descarga. De eso quien más sabía eran todos los mulos de Benínar, y no lo medían por el peso de fruta vendida, lo valoraban en la cara de su amo. Los mulos estaban esperando el: ¡Arre!: Que era la no venta completa. O. El venga: ¡Vámonos que nos vamos!.
 
Pasaron también aquellos días de levantarse con las estrellas en el cielo para ir a vender la vitualla a los pueblos cercanos. Pasaron los años de darle paseos a los nietos que llegaban de la ciudad y caminar subidos a lomos de aquel platero. En el rostro de aquellos infantes  se reflejaba lo mismito que cada año subidos los mozos del pueblo en la grupa de un mulo para representar los Moros y Cristianos; sentirse en aquel trono reyes aunque fuese solo un día.

 Mi paisano Frasquito  que conforme iba entrando en años y en recuerdos, más necesidad sentía de contarlos, de que lo escuchasen. Lo intentó dentro de la familia y le decían: Aguelorios. Le daban de lado. Lo intentó con los niños de la calle, es decir con todos los beninerillos holgazanes que disponían de tiempo de escucha. Al comenzar a  repetir  las mismas historias, en la mayoría de las veces al conocer la trama se le adelantaban los imberbes y le chafaban el relato. También fracaso. Tomo la determinación de coger su burra, de marcharse a una de las alamedas del río, de ponerse los dos  frente a frente y en la paciencia de su burra Pepe encontró el deleite y la vivencia de todos los cuentos o chascarrillos que él sabía. La música del agua, el canto de los pájaros y el disponer de todo el tiempo de que disponen los viejos contemplando el movimiento de las ramas y el aplaudir de  las hojas  de los álamos. Juan encontraba argumentos nuevos y cada historia era cada vez más hermosa se lo confirmaba su burra que cuando llegaba el momento cumbre de su relato, dejaba de brocear se miraban fijamente los dos y era cuando llegaba el momento de mayor emoción de su obra literaria.

Como olvidar en este recuerdo de plateros de la alpujarra a Julio el del Marchar que en un momento de la historia, tenía la pareja de mulos que no tenían parangón en toda la Rambla de Murtas. Ni mulos con más poder ni mulero con más talento se le recuerda en los tres pueblos de Turón, Murtas y Benínar.

Juan Ramón Jimenez, escribe de platero cuando es casi un recién nacido. No sabemos si los veinte años de media que duraban los plateros de Benbinar, el Premio Novel vivió junto a él. En Benínar sí se levantaban y se acostaban amo y animal todo los días a la misma hora. Todos los días del año. Hasta que la muerte los separaba.


miércoles, 5 de junio de 2013

Plateros alpujarreños. Dos

 Beninar. A la feria de Ugíjar.


Las bestias para el transporte del plomo. 
Estamos en puertas de coger las vacaciones y gran parte de la población, marcharnos fuera de nuestro lugar habitual y nos planteamos qué hacer con el animal de compañía el que se la comprado a los niños para que experimenten no sé qué, ¿para ver el grado de responsabilidad que tienen nuestros retoños?. Las estadísticas ponen de manifiesto que son muchos los animales abandonados y la realidad es que para unos cuantos dichos animales se convirtieron en un objeto de usar y tirar. Un ejemplo claro lo tenemos en la Venta Pinto de aquí de Cádiz, cuando termina la época de caza y allí dejan los cazadores a todos aquellos perros que después de las pruebas realizadas en el campo no son útiles para la caza y son abandonados a espera que un alma caritativa se haga cargo de ellos.   

Creo que el no tener para nada en cuenta el estado de estrés, (conozco animales que le salen calvas, como a los humanos se les cae el pelo),  de hambre, de higiene, descansos, ..., cuido  del animal, se daría en todas aquellas bestias que cumplieron el objetivo de sus dueños, que era transportar el plomo desde Sierra de Gador hasta Adra, durante todo el siglo XIX por caminos y trochas cargados al máximo y con unos aparejos de esparto (el estraperlo muy frecuente en aquellos tiempos desde Gibraltar se basaba en dos productos, el tabaco y la ropa no creo que fuese de aparejos para las bestias) que les ocasionarían infinidad de heridas. Es de suponer que los muleros estarían tres cuartos de lo mismo de acumulación de penurias.
   
Las generaciones de todos aquellos animales que fueron utilizados para el  transporte del mineral, sus dueños, los empresarios por los recuerdos trasmitidos no creo que los viesen como compañeros de trabajo, (dicho calificativo de compañero aparece a comienzos del siglo siguiente cuando los dos se van al campo o a la venta de hortalizas)  como tampoco estaban en la misma escala social los muleros y los dueños. Más o menos como refleja la película,  los santos inocentes (relación amo criado) de Alfredo Landa recientemente en TVE. Tal vez por ello nace platero (en otra zona minera, Huelva, como era la Baja Alpujarra) con la intención de dar dignidad y compasión hacia dichos animales que hasta aquellos momentos eran considerados como algo útil y necesario  sin que arrancase la más mínima compasión de sus cuidadores. Aquellos animales (casi seguro) que murieron abandonados cerca del camino en el hueso y en el pellejo y llenos de mataduras infectadas.
Las imágenes dejadas por Goya donde para la muerte de un toro se necesitaba que muriesen varios caballos al ser corneados cuando era picado el toro, (por no haberse inventado el peto que se utiliza en la actualidad) es una muestra hasta qué punto los animales eran considerados como algo de usar y tirar.  Para nada se parecen las albardas, las jáquimas, las cinchas, el resumen el atajarre,  que ahora se ven en los caballos con aquellas que se les ponía a animales del transporte del plomo. Las rozaduras de los serones (que eran llenados hasta el máximo)  le ocasionarían heridas que las prisas por el acarreo le impedirían ser tratadas para que no llegasen a infectarse.

En un momento determinado de la historia, puede que fuese en el 1822, refleja en su libro J.L. Ruiz Marquez : SERMET, Jean. “La España del Sur”. Barcelona 1.956. p. “… formaban un ejército de más de 50.000 mulas que había que alimentar con cebada del Marquesado dada la penuria de la comarca en cereales”. Al margen que fuesen cincuenta mil y que todas fuesen mulas, al margen, no se menciona para nada como iban equipados aquellos animales. El trasiego dura casi un siglo que según la oferta y la demanda del plomo marcaría el número de mulas y muleros por aquellos caminos.    
El primer descubrimiento de la herradura en la península, el primer caso del que se tiene noticias se produjo en el 1883. Se trata de una herradura encontrada en Covalta (Valencia).
En la página 172 del libro EL CABALLO EN LA ANTIGUA IBERIA de Fernando Quesada Sanz y Mar Zamora Merchán, se encuentra una tabla de hallazgos arqueológicos de herraduras antiguas. De los “50.000 animales” localizados en un momento determinado en el acarreo del mineral, con una vida media posiblemente de diez años de trabajo; ¿cuántos animales dejaron su piel en los caminos desde Sierra de Gador a Adra o desde Benínar a Adra?. Habría también que contabilizar los que transportaban la comida desde el Marquesado hasta Adra o Berja. ¿Dónde se reproducían?. Puede que la contestación se encuentre en la Andalucía Oriental dadas las características del los pastos y del terreno.

Cierto es que los de mi generación (de mediados del siglo XX) nos encontramos una herrería regentada por Manuel Blanco, (desconocemos que existiese otra anterior)   que es de suponer montó después de llegar de “hacer las américas”; puede que fuese incluso después de la Guerra Civil de España.    

Los mulos, los burros del transporte del mineral de la Baja Alpujarra casi seguro que irían descalzos y puede que también sus harrieros. El cómo tendrían los cascos los animales  y las plantas de los pies los arrieros, nada más colocándonos de forma imaginativa en dicha situación, uno siente en nuestros pies una sensación de ir andando descalzo por trochas y veredas.

Una anécdota que se contaba en Benínar era sobre un agricultor que al regresar al pueblo (después de haber vendido su carga de hortalizas en Murtas), alguien le ve cojeando y sangrado sus pies y le preguntan:
-         -  ¿Qué te ha ocurrido?.
-         -  El mulo lo espantó una zorra y corriendo detrás de él descalzo me he destrozado los pies.
-         -  ¿Y esos zapatos que tienes nuevos debajo del brazo?.
-         -  Pues menos mal que iba descalzo y no los llevaba puestos.

Puede que fuesen los primeros zapatos que aquel beninero había logrado tener las suficientes peseta para poder comprárselos y en su valoración prefería tener los pies totalmente destrozados (pensando, esto se cura) que sus zapatos recién comprados rotos. Las fatiguitas que había pasado para ahorrar el importe de los zapatos, pensando en ellas, las pesetas, le aliviaba el dolor del estado de sus pies. Pensando en el mulo asustadizo, creo que moriría sin estrenar unas herraduras.

domingo, 2 de junio de 2013

..., va pintada como la Bizcocha.


Esta mujer puede quedar encuadrada en todos aquellos benineros que mueren por el tema del pantano, pero su muerte se puede considerar especial por reflejar lo retorcido (…)  con la calificación por una parte de cero patatero en sentimientos y por lo sublime de la otra parte.

La escasez de sentimientos (se podría recurrir a palabras vulgares que reflejan lo mezquino, lo ruin, …) lo refleja, en primer lugar los que en aquellos momentos estaban valorando y pagando las finquillas que tenían los beniner@s , ya que, se plantean, que aquella mujer, la Bizcocha, era una mujer, vieja, y en las últimas y recurren a encontrar a sus herederos más cercanos para que llegasen de Cataluña a La Alpujarra, firmar y cobrar;  y en segundo lugar, los familiares lejanos, (que hacía años que no la habían visitado ni preocupado por su estado) que ante la llamada llegan a Benínar, le dan dos besos a la vieja que se estaba muriendo y se marchan al otro día con lo cobrado dejando a la pobre anciana para que siguieran las vecinas cuidado de ella.
La Bizcocha era identificada en el pueblo como la mujer más coqueta (la palabra coqueta se conoce en el pueblo después de la muerte de esta mujer), la que nada más levantarse tenía que pintarse todas aquellas partes de su cuerpo que no eran tapadas por la ropa, aunque ese día como casi todos, la labor que tenía que hacer, era sacar a la cabra para que pastase en la vega mientras su dueña, arreglaba la tierra para la siembra de cualquier hortaliza. 

Muy tiesa ella mostrando la mejor cara pintada de todas las mujeres del pueblo entraba y salía del pueblo con el mismo empaque y tronío que hoy vemos en la TV desfilar a las modelos por la pasarela.

A la Bizcocha, como a todos los de su edad, los estallidos de los barrenos para la construcción de la presa de Benínar le aterrorizaba, la desorienta, pierde la noción del tiempo y del espacio, no controla el tiempo y aquella mujer totalmente sola, sin hijos ni familiares cercanos que viviesen en el pueblo, se encuentra totalmente sola y desorientada. Las vecinas (sobre todo Lolica la de Ramón) se compadecen de ella, dándole las comidas a su tiempo y pendiente de ella en sus salidas de casa con argumentos inverosímiles. Con la cara pintada por manos temblorosas y encargando potingues para pintarse a todos los que pasaban por su puerta aquella paisana va envejeciendo a pasos acelerados mientras que sus vecinos están pendientes que no salga del pueblo, que se encuentre limpia  aseada que no pase hambre y llenarse de paciencia para escucharle  aquellas teorías sobre que “la mujer no debe nunca abandonar su cuerpo, ni su ropa, ni su cara”.

En aquellos tiempos todos aquellos beniner@s viejos que estaban abandonados los asuntos sociales le llevaban automáticamente al asilo de Almería. Las autoridades cada vez que le visitaron a la Bizcocha en sus informes aparecía que estaba lúcida, alimentada y su casa ordenada, pero sin una peseta que tampoco le hacía falta gracias a la generosidad de Lolica entre otras vecinas. Los ancianos de como ella no necesitaron ni médico ni pastillas.

No recuerdo si lo ahorrado, después de una vida entera de sacrificios  dio dinero suficiente para una lápida. Pero qué más da si todos los benineros de mi generación la recordamos cada vez que se pone delante de nosotros una mujer que excede pintándose todo aquello que no está tapado por la ropa. Qué más da una lápida si los de mi generación solemos decir casi todos los días unas cuantas veces: ¡Anda!. ¡Si va pintada como la Bizcocha!.                 




domingo, 26 de mayo de 2013

Rectifico lo de borracha


Cuando la historia  queda escrita yo creo que no muere y cada vez que alguien se encuentra con ella en cierta medida vuelven a tomar vida. Nos imaginamos los personajes, los colocamos en el escenario y hasta somos capaces de modificar la narrativa. Como no muere, no quiero, no debo dejar reflejado que aquella destilería que tenían los Regalaos era una chapuza de destilería. 

Sí es cierto que  donde estaba la destilería quedo definitivamente como un corral poco antes que llegasen las máquinas y todo lo destruyeran para la construcción de la presa; pero si solo dejase eso escrito de corral y lo de borracha dejaría la historia de aquella casa, de aquella  destilería mutilada.      

Cuando lo que dejamos escrito os lo encontréis los descendientes de los: Roda, Añez, Ruiz, Maldonado, Sánchez, …, para los Martín, Indalecio, Fernández, …, para los Blancos, Medina, Molina, López, …, los Pérez, Gutiérrez y otros tantos (que me perdonen) por no acordarme de sus apellidos, pero que tienen sus raíces en Benínar; para todos ellos quiero dejar constancia que aquella vivienda además de pasar días felices y entrañables nuestra querida familia Doucet, (algo tendría de especial al ser la elegida para vivir una familia canadiense después de recorrer todos los pueblos de Almería y Granada);  aquella vivienda era la más genuina al estar situada en el corazón de Benínar, que su fachada daba a dos calles y a la carretera donde se esperaba a la Alsina. Donde llegaban o partían los seres entrañables para los benineros.

En aquella casa para todos los beninerillos de aquella época nos demostraba que con tan solo una parra se podía ser parralero, que con tan solo un rosal uno podía enterrarse o revolcarse en pétalos de rosa, todos los días de la primavera, producía tantos, como eran capaces de dar casi todos los rosales de toda La Alpujarra entera. 

Aquella casa además de tener una destilería que aquel recinto termina siendo un corral, además de tener la parra y el rosal más grande jamás fue visto en la zona, además fue testigo en casi todo el siglo XX de todos los que llegaban y entraban al pueblo, pero sobre todo de permanecer aún en la retina de todos los que eligieron ser emigrantes. La última imagen que jamás se olvida.   

Para todos los mencionados anteriormente, si alguna vez queréis encontraros con vuestras raíces, los pocos que nos dedicamos a dejar rastro de nuestro pasado, intentamos plasmar la realidad de aquel pueblo alpujareño y la realidad está compuesta por la forma de vivir de una sociedad hermética con sus luces y sus sobras.

La casa de los Regalaos la podíamos describir  donde estaba ubicado el mejor restaurante en la ruta de las alpujarras, al borde de la carretera, con destilería propia, donde acudían los benineros a pasar las tardes charlando entre copitas de anís  en aquella terraza cuya sombra la proporcionaba una parra y un rosal inmensos, (lo de la parra, la destilería y el rosal son ciertos, pero nada más). Si situamos un restaurante, no se adaptaría a la realidad de aquellos tiempos de aquella forma de vida.


Que no os pase como a nosotros que  echamos mucho de menos que nuestros abuelos o tatarabuelos, (seguro por ser unos analfabetos), no dejaron nada escrito  que los de mi generación necesitamos cubrir, conocer,  esa parte del vivir de cada día de nuestros antepasados  que es nuestra HISTORIA como la vuestra. 

viernes, 17 de mayo de 2013

Mi ropa huele a borracha.





Los que de jóvenes entramos en el corral de Pepe el Regalao tenemos impregnado en el sentido del olfato aquel olor especial a anís que tenía dicha cuadra como el parecido al entrar a la taberna de Antonio Campoy. Por más que permaneciese abierta aquella puerta (sobre todo cuando estaba habitada aquella casa por Dolores la de Tomillo) cuando las mujeres acudían a lavar en aquel lavadero alimentado por una de las pocas balsicas que había en Benínar, aquel recinto siempre olía a anís.

Ningún objeto llegó a estar colgado de sus paredes que relacionase aquel lugar con una destilería. ¿Dónde estaría aquel alambique?. Hasta las semillas de anís no recuerdo que naciesen en la vega de Benínar. El olor quedo incrustado en sus paredes como testigo después de trascurrir casi un siglo.

Es de suponer que aquella empresa dejó de funcionar en aquel tiempo en que apareció en la Contraviesa la filoxera en el 1883, en la que, desaparecen todos los viñedos de casi toda la cuenca del Mediterráneo y por lo tanto del Cerrajón de Murtas y de Laujar que sería de donde llegaba la pulpa después de sacar el mosto a las uvas.

Aparece en Plaza de Benínar:  
“Cuando apareció la filoxera, los agricultores apenas podían hacer nada para combatirla. Se provó inundar los campos con agua para que el animalito muriera ahogado. Evidentemente, esto sólo funcionaba en zonas de regadío. Gracias precisamente a ello, las parras de la uva del barco de Almería pudieron salir relativamente bien de la plaga. En cambio, las viñas de secano de la Contraviesa, quedaron extremadamente dañadas. Se calcula que en el triángulo Castell de Ferro, Lujar y Rubite, en especial, junto con zonas anexas, estaban destruidas la friolera de 40.000 Ha de vides. Estamos hablando de millones de cepas completamente "achicharradas" por el dichoso bichito”.

Es de suponer que dicho establecimiento lo pondría en funcionamiento el padre de Andrés, (que conocimos los de mi generación) que ya éste cuando se vuelve a replantar todas las vides de la zona no vuelve a reflotar la empresa.

Lo que sí es cierto es que los nietos de aquel Regalao de la destilería sus vidas las enfocaron (siendo por supuesto los pioneros benineros en conseguir una carrera universitaria) a otros menesteres.

 ¿Dónde estará aquel abogado que desarrollo su profesión en Madrid?. ¿Dónde estarán los descendientes de aquel nieto del Regalao que consiguió dos carreras, la de maestro, la de enfermería y lo más destacado ser alcalde de Roquetas?.

Aquella vivienda llegó a ser alquilada por la familia Doucet cuando estuvo viviendo en Benínar y recuerdo a Eugenia que después de permanecer lavando en aquel recinto, cuando salía de aquel recinto, me decía: Mi ropa huele a borracha.    

lunes, 13 de mayo de 2013

Los plateros alpujarreños. Primero.




En los libros de Lorenzo Cara Barrionuevo y Juan Luis Ruiz Marquez, que reflejan el estado de la Baja Alpujarra en el tema del transporte durante todo el siglo XIX y parte del XX, los plateros de La Alpujarra (del famoso burro del premio nobel Juan Ramón) tan imprescindibles en el transporte del plomo desaparecen sin dejar rastro alguno. La desaparición se acelera en las décadas de los cincuenta y sesenta del siglo XX con la llegada a la zona de los motores (motocarro y furgoneta) diésel y de gasolina.

En los libros mencionados anteriormente recogen la cantidad de animales de carga existentes en toda la Baja Alpujarra que fueron desapareciendo en primer lugar al ir desapareciendo la extracción del plomo y el remate es cuando el agricultor ya a mediados del siglo XX es el cateto, al que le cuesta tanto incorporarse a la España de “la chica yeyé”. Los jóvenes alpujarreños decidimos abandonar la zona para hacernos modernos. 

De en cada casa un corral y en cada corral un animal, en casi cincuenta años, se ha llegado al extremo de tener que alquilar los caballos (no cuadra a la juventud actual representar al rey cristiano o al rey moro desde la grupa de un mulo y mucho menos de un burro) en los distintos pueblos alpujarreños cada vez que quieren celebrar los Moros y Cristianos.

A mediados de los cincuenta y hasta los sesenta a las burras de Benínar (hasta llegar a su exterminio) se les somete a un severo celibato y tan solo el beninero Kiko, rompe dichas reglas dejando que su burra quedase embarazada. De una cota de 1,5 burras por familia en el pueblo, (en dicho periodo de tiempo mencionado), conforme se van muriendo se llevaba su cadáver a La Grajera, para que dichas aves se alimentase. Dicho cementerio de animales las máquinas para la construcción de la presa lo borran del mapa. Este dato no es nada de no tener presente puesto que la generación actual a los animales no los ven como un objeto de usar y tirar.

Volviendo al tiempo del transporte del plomo desde Sierra de Gador hasta Adra, aquellos animales llegarían procedentes de la Andalucía Oriental a la feria de Ugijar y allí los adquirían aquellos empresarios que estaban dentro del transporte de mercancías. Era de esperar que apareciese el beninero avispado que viese negocio en la reproducción de dichos animales; es mera suposición ya que dicho dato no lo encuentro.

En Benínar existían dos posadas que dentro de ellas, siempre pensé que fueron construidas por los profesionales del transporte pensando en el número de animales que podían comer en sus pesebres, más que pensando en las personas que estaban a su cuidado. También es verdad suponer que los harrieros pusiesen sobre el suelo el serón del transporte que se utilizaba para el plomo y si era sobre el estiércol más calentito se estaba y sobre él diesen la cabezada.

Si analizamos la relación animal con el hombre tenemos que analizar a tres generaciones, la de mis bisabuelos dedicados al transporte de mineral, las generaciones de mis abuelos y mi padre, la generación de mis hijos, que es lo que aparecerá en distintos capítulos.

jueves, 9 de mayo de 2013

Mi querido Juan Román



Nos decía en clase el profesor José Antonio Hernández Guerrero que cuando elijamos a una determinada persona para escribir sobre él: “Dedicarle todo el tiempo que sea necesario y anotar  en lo que tengáis a mano, la frase, el consejo, el comportamiento, (…),  aunque no estéis en su presencia. Seguro que una vez sentados frente al ordenador iréis componiendo todo lo que influyo su personalidad en vosotros”. Poner en ella todo el empeño para que salga de vosotros los mejores sentimientos hacia esa persona.

Juan Román es de las pocas personas que se han librado de tener un apodo en Benínar (en aquel pueblo a todos nos encuadraban, éramos, el de Carlos, el de Ramón, de los Tomillos, de los Perejiles, etc)  sin la necesidad de recurrir a sus padres o descendientes, para en un momento determinado identificarlo. Juan Román era y es inédito.  Pronunciabas su nombre y vertías en dos palabras todo el currículo de una persona íntegra y trabajadora.

Siempre marcado por la personalidad arrolladora de su esposa Angelicas, pero en el pueblo eran como el naranjo y el limo que están viviendo en la misma parata los dos disputándose el sustrato del suelo y el sol que los iluminaba para estar siempre llenos de fruta. Angelicas dando naranjas y el dando limas, sabores opuestos, pero únicos e inconfundibles.

No era muy partidario de formar parte del colectivo hasta que no le forzaban como eran por ejemplo los jornales que tenía que dar a la comunidad limpiando la Acequia de la Vega, en muy pocas veces, (estoy seguro que en ninguna) nos lo encontraríamos en una taberna, jugando a las chapas en el Reducto, (…). De todas las fotos recopiladas tanto en el foro como en la Asociación Plaza de Benínar donde salimos casi todos los benineros, por ejemplo en los Moros y Cristianos, en una procesión o en alguna boda, puede que no encontremos a Juan Román,  mientras  su mujer salía en casi todas.

La última vez que estuve a su lado en todos los momentos rozándonos , como se roza el perro y el amo que estuvieron mucho tiempo ausentes, y se encuentran. Ya metido en los ochenta disfrutaba de una lucidez espléndida y físicamente también aceptable.
No creo que en ningún momento pensase educarme (desde mi infancia hasta mi juventud) en intentar depender lo menos posible de los que te rodean, no llegar al límite de ser autosuficiente, pero sin dejar de intentarlo. Juan tiene la suficiente inteligencia en cada momento para lograr ser autosuficiente y no aparentarlo. Como el que tiene que caminar bajo el aguacero y no quiere llagar empapado a su destino.  Difícil explicar lo de la dependencia de los que te rodean, pero creo que Juan Román lo logró siempre, en este aspecto es casi un experto, uno de mis maestros. Y qué decir de ser el primero en el tajo pensando:
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Si yo puedo sacar adelante el trabajo planificado para qué quejarme, para qué esperar ayuda.
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Si tengo que sembrar la almáciga, antes he tenido que seleccionar la semilla, esperar el momento que me marca  la luna de abril, (…), el azufre, el cobre, las cañas, el esparto,  etc. Si no sacaba los mejores tomates, pimientos, etc.,  la satisfacción del trabajo realizado y en el momento en que tenía que estar pendiente de la mata,  de la floración, del árbol, (…), esa satisfacción de no escatimar tiempo y esfuerzo era tan satisfactorio como llenar los capachos.

¿Cuántos conocimientos tendrán los catedráticos sobre la agricultura de la Universidad de Almería?. Juan Román es un catedrático a pie de obra. Le dedico toda una vida a la agricultura de la Baja Alpujarra, en una materia que entendía y que por supuesto le gustaba. Lo lamentable es que nada ha dejado escrito sobre papel, él, su saber lo dejaba marcado en la tierra con el arado, la azada, el mancaje, el brazal y  la acequia.    

En el día a día, intento estar a la altura de ser el primero en el tajo sin que nada me distraiga como aprendí desde niño del que fuese mi vecino y mi maestro, Juan Román.