viernes, 22 de marzo de 2013

La loquería hasta la bandera.



Ayer almorzando con un conocido que está en  el último año de prácticas en el área de siquiatría del  hospital de mí pueblo, me decía que muchas de las personas que conoce debrían pasar un determinado periodo por dichas dependencias  como si se tratase de un servicio a la comunidad o algo parecido, encerrarse allí con ellos y estar las ocho horas de rigor todos los días laborables que se establezcan.

No es fácil entrar como afectado a dicha área puesto que la autorización la tiene que dar un juez y en este caso, todas las camas están ocupadas, y no se sabe si esta saturación formará también parte como condicionante para que en estos momentos, nadie en nuestra  ciudad presente riesgos de hacer locuras, se vuelva loco.

Todos los que se encuentran hospitalizados, presentan como común denominador, que no reconocen su enfermedad y por ello, jamás van a seguir el tratamiento impuesto por el profesional. En el hospital toman su medicación empleándose todas las triquiñuelas conocidas, logran curar; bueno, mejorar; son dados de alta, vuelven a su entorno, dejan el tratamiento y vuelta a la locura.

La importancia de la familia, el entorno, se hace patente, en lo mencionado del tratamiento, pero sobre todo, que cuando están hospitalizados nadie acude a visitarlos y al ver que a su vecino de cama le visitan, al que no tiene quien pregunte por ellos, la pena es otro otra vuelta de tuerca, otro motivo más para estar loco.

La de locuras que me contó mi compañero de almuerzo  no vienen a cuento especificarlas, a detallarlas, puesto que yo no hacía más que preguntar: ¿Los que se encuentran como profesionales en dicha dependencias aguantan mucho tiempo dicha tensión sin que les afecten y sea necesario cambiarlos de servicio?.        

Mi compañero terminaba repitiéndome machaconamente: Haber quien asume recordarles a la mayoría de estos enfermos cuando están en su casa, en su entorno que es la hora  de tomarse las pastillas.
  

sábado, 16 de marzo de 2013

MUERTOS SIN DEJAR RASTRO



Si tenemos presente que dicha población estaba a tan solo diez kilómetros por caminos o por trochas (que era la vía de comunicación, los recorridos por arrieros) de Berja, y a doce de Adra, en estos dos pueblos se centra toda la información, donde se tiene infinidad de datos, en qué fecha y cómo repercute en la población de la zona. Poblaciones intermedias como podían ser Peñarrodada, La Alquería, Fuentes de Marbella (obligado paso de comunicación de la costa con el interior de La Alpujarra) al considerarse barriadas de Berja o de Adra sí entran en todos los datos y en cambio, Benínar, Darrical y Locainena que entre las tres poblaciones llegaron a sumar más de dos mil habitantes y encontrarse en la ruta de comunicación de la costa con el interior de la Alpujarra, con la población más importante en aquella época del interior como era Ugijar, las tres poblaciones mencionadas que estaban en el margen izquierdo del río es mencionada durante todo el siglo XIX tan solo por uno de aquellos aventureros extranjeros viajeros, en concreto Benínar al tener que detenerse forzosamente por necesitar el servicio de una herrería.

De estas tres poblaciones consideradas agrícolas y ganaderas, que tuvieron que salir toneladas de frutas y verduras, barrilla-sosa (para la fabricación del jabón), y sobre todo esparto, no solo en rama, el mayor porcentaje sería elaborado y en menor cuantía podría ser la explotación minera del Pozo Malacate en Benínar. Ya mediados del siguiente siglo, los agricultores y los molineros seguían recorriendo semanalmente los pueblos vecinos para suministrar a sus clientes, como era tradición y herencia de sus mayores. En el Catrastro de Ensenada aparecen que en Benínar existían un número considerable de viñedos, pues para nada aparece si la vid del pueblo es afectado por la filoxera.   

De estos tres pueblos tuvieron que salir toneladas de harina, a lomos de caballerizas con destino a las poblaciones “importantes” ya que entre Darrical y Benínar, en el Río de Adra, existían cinco molinos de grano y cuatro almazaras. Era el sitio donde se tenía que moler todo el grano recogido en los tres pueblos mencionados anteriormente más Turón y Murtas. Pues en ningún sitio se recoge (si aparece en Berja, Adra, por ejemplo) aquellos años en que la sequía hace estragos y aparece el hambre. Por supuesto que tampoco aparece si los terremotos que afectan a la zona, afecta a las viviendas de los tres pueblos mencionados.

Recuerdo que mi padre decía que en el 1918, (nombrado como el año de la gripe),  dejaron de sonar las campanas en los entierros, al ser tantos, para  que su sonido no crease alarma en la población afectada; pues bien, los muertos por las epidemias, por las riadas, por los terremotos, y, sobre todo el tema trascendental como eran los motivos por los que se produce la llegada masiva de trabajadores de otros lugares a mediados del siglo XIX o las emigraciones y su destino ya en el siglo XX, ninguno de esos datos aparece, en una poblaciones por encima de los dos mil habitantes.
Ya mediados este siglo XIX, tuvieron que nacer al menos en Benínar, dos médicos de una misma familia, un farmacéutico,  una maestra de escuela y un sacerdote que sería canónigo en la Catedral de Granada. Con este dato se pretende reflejar, que tanto el producto final (los titulados) como sus familiares, en cierta medida, tendrían que estar vinculadas a aquella sociedad de “vecinos importantes” (los que en aquellos tiempos sabían leer y escribir) que tomaban nota de los acontecimientos, los que se publicaban en los medios de comunicación, por ejemplo La Crónica Meridional, Caridemo, Voz de la Juventud, todos de Almeria.             

En resumidas cuentas, podemos buscar sobre las riadas y encontramos lo que aconteció en Adra. Podemos buscar sobre los mineros del plomo, y encontramos Sierra de Gador, y así, podemos seguir buscando y realmente lo que nos queda de HISTORIA a los benineros (al menos del siglo XIX, cuando llego a tener 1000 habitantes) es lo que podamos encontrar que esté en las memorias de todos aquellos que vivieron y recibieron de sus mayores los acontecimientos acaecidos.

viernes, 8 de marzo de 2013

Patrimonio perdido:



Verdaderas obras de arte familiares.



Hoy un político de tercera división, según he entendido que ejerce en  Huelva, le aconseja a una ministra que deje de hacer política y vuelva a su pueblo para hacer ganchillo.

Que mal gusto tiene el político y que poco sabe del ganchillo y otras labores que se hicieron y por desgracia van perdiendo adeptos en todos nuestros pueblos.

Antes, cuando se entraba en la edad de estar casadera, la mujer ya se había incorporado a la vida laboral y había demostrado su buen hacer, valía, para llevar un hogar, para ayudar en todo aquello que se  necesitaba que implicaba el relevo generacional. La preparación del ajuar para formar la familia implicaba, sentarse con las personas mayores y mientras se bordaba, se hacía ganchillo, se reflexionaba, había un traspaso de experiencia. Sentadas las dos generaciones en la puerta de la casa, seguro que aparecería:
-               -  Cuéntame sin perder detalle, …       

Como hoy todo se puede comprar en los chinos, el ganchillo que se hacía en los pueblos le han quitado como le pasa a los claveles, a las rosas, a los geranios,  que se compran en cualquier establecimiento del ramo, el olor, el color y el tiempo de caducidad.

Ese cuéntame sin perder detalle era las manchas que quedaban incrustadas en aquellos encajes, casi para toda la vida e incluso las que heredaban las nietas de las abuelas, las que formaban parte de una sábana que se colocaba en la ventana el día del Corpus, en la fecha de aniversario de boda se volvían a colocar en la cama, o cualquier día cuando el matrimonio funciona, porque lo querían los dos se hacía festivo y se volvía  a colocar la sábana llena de bordados. Antes de casarse, antes,  se llevaba o no se llevaba el ajuar y socialmente existía un baremo. Esa tradición que formó parte de muchas generaciones de que cada novia preparase su ajuar, en la actualidad no es lo mismo. Imposible que cada juego de sábanas, de manteles para la mesa en las celebraciones determinadas, como se ha comprado, no es lo mismo, deja de ser obra de la novia. Imposible que  guarden ese olor, esa textura, esos crujidos que van estallando conforme van deslizándose los pies, … Ahora que caigo, estoy escribiendo sobre sensaciones y conceptos que la mayoría de la gente joven ha desechado, no es que sean mejores y peores, es, que cada generación las va mejorando, o adaptando,  ¿o no?.         

lunes, 25 de febrero de 2013

PATRIMONIO PERDIDO: PILETA



más tiestos

Las piletas de piedra son pocas y escasas las que se podían  encontrar en el pueblo, pero Julio, acaricia aquellas tres como si acariciase un tesoro, como seguro la acarició aquel que partiendo de la piedra bruta logro transformarla convertirlas en un objeto cotidiano que no tiene utilidad para los benineros-as que terminan de marcharse y por esos sus dueños la dejan abandonada.
Cuando aquel picapedrero se tropezó con aquella piedra: ¿Quién fue el que vio  claramente la transformación en vasija?. ¿La Piedra y convenció al hombre?. ¿El hombre que al distinguirla de entre todas las que le rodeaban la escogió y le dedico todo el tiempo necesario para su cambio?. La contestación tan solo la pueden comprender los escultores.
Posiblemente el diseñador pertenecías a aquella generación que fue modelando una a una cada  piedra que formaba la bóveda de los tres arcos que tenía el puente. ¡Si!. El puente que tenemos todos los beniner@s en infinidad de fotos en infinidad de recuerdos. El puente que enterraron o lo convirtieron en un montón de piedras en la base de la presa. 
¿Cuánto tendría que recatear el cantero para que le diesen el precio justo de su trabajo?. ¿Le darían a cambio, una cuartilla de cereales, unas alcuzas de aceite, unos cuantos puñados de higos?. ¿Para cuanto tiempo tendría para alimentarse para él y su familia?. ¿Para vivir de aquel trabajo, cuantas piletas tendría que elaborar al día o a la semana?.
El Miguel Ángel de Beninar. El único de todos nosotros; puede que fuese de toda la Historia  beninera que sacaba una vasija de una piedra.  La persona con un don especial que es capaz de ver un volumen determinado en un objeto, en este caso en una piedra. Allí donde te encuentres para que veas que te reconocemos a ti y a tu obra, aunque posiblemente no se encuentre en la casa de uno de los nuestros.
Si en estos momentos comenzásemos a repasar beniner@s que destacan por sus conocimientos y por su esfuerzo, tenemos arquitect@s, licenciad@s en medicina, en farmacia, ingenier@s en puertos caminos y canales, agricultores, etc., etc., abogad@s trabajando en los bufetes más brillantes de Madrid. En aquellos tiempos, lo destacado eran los escultores de piedra. Benínar no daba para nada más o nada menos. Depende como se mire.   
Por vosotros, los canteros que preparasteis cada piedra que formó parte de la iglesia y después de las tres bóvedas del puente, por vuestro recuerdo. Para que veáis que aunque pase el tiempo, mientras exista un beniner@, os tenemos presentes.

martes, 12 de febrero de 2013

Las atochas de la discordia

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La Molineta VII.

El malagueño no aguanta la tensión en Benínar entre los mineros y los seguidores de el Moruno. Él cree que se marcha definitivamente a su ciudad, Málaga, pero las atochas, de la discordia, los productos manufacturados del esparto le hicieron razonar.
 En la casona de Málaga se aburre. La dueña de la casa cada día le tiene preparado un encuentro con alguna moza. Según ella, su tía, se le estaba pasando la edad para casarse. Por parte del amo Heredia, le está organizando cacerías casi todos los días para que se relacionase con los empresarios, tanto nacionales como internacionales, para ver si encontraba un trabajo donde se sintiese cómodo. Ni los noviazgos de la dueña ni las cacerías del amo y señor le terminan de satisfacer. Desde siempre acarició la idea de formar parte de la familia siendo él el que aportase un nuevo negocio. Un día paseando por el muelle encuentra su futuro negocio y además, casi nadie de los encargados de las distintas empresas que formaban el conglomerado familiar dominaban el tema. A esto se le une que como la Frenillo él creía que no tendrá otra amante.
Decide exponer al mandamás su proyecto;  al que aprueba o deniega los negocios de la familia. El Heredia dueño y señor le está escuchando sin interrumpirlo en ningún momento y además la cara del que tiene que dar el visto bueno a todo, en ningún momento ha perdido la sonrisa. Cuando ha terminado la exposición el que escucha le pregunta:
-         ¿Cuántos albañiles necesitas?.
-         ¿Estás de acuerdo?.
A         Ay de mí si no te consintiera tus peticiones. Más tarde o más temprano tendría que concedértelas, ya que tu tía montaría todas las estrategias hasta que su sobrino lograse su objetivo.
No espera ni un minuto más para salir de Málaga con dirección a Peñarroda, que era el lugar que había decidido vivir con su amante y cuando llega al cortijo, allí no había nadie.
La Frenillo sintiéndose abandonada se enfrenta a que le tocasen la garganta, el dilema que le había desafiado toda su vida. Se sentía abandonada y sin salida. Se dejo convencer por un curandero con el argumento, que su amante le había dejado como consecuencia no poder hablar.  
El malagueño la busca desesperadamente y se la encuentra en  casa unos amigos postrada en la cama, casi entre la vida y la muerte, ya que había sido operada de la garganta. Había cogido una infección y estaban esperando que se recuperase a base de colocarle sanguijuelas para que absorbiesen el mal que tenía en la garganta. Aquel estado de gravedad le da la oportunidad al malagueño de poder expresar aquello que había desaparecido en él desde hacía mucho tiempo, la ternura. No se separa del lado de ella hasta que poco a poco se va recuperando. Pasan los días y la primera vez que a la Frenillo la sientan en una mecedora a la sombra de un naranjo de aquella casa de Berja, él sentado a su vera le explica el proyecto que ya había expuesto al dueño y señor en Málaga.

viernes, 1 de febrero de 2013

La ira de los necios

 
Recuerdo en Tarifa que cuando mis amigos Wenceslao y Chan Luna tenían “viento en popa a toda vela” la revista Baelo, alguien le manda un artículo sobre el tonto del pueblo. Al ser publicado se armó la grande en los corrillos del pueblo y en cierta medida el boicot aparece sobre la revista por “meterse con el tonto del pueblo”. En lo que sigue, en Benínar son los cuerdos los que se enfrentan a los necios.
Este escrito va dentro de lo que empezó en su día con el título general de LA MOLINETA.
En nuestro caso beninero, es en el tiempo de las explotaciones del Pozo de Malacate entre otros, para la obtención del plomo. Volvamos otra vez a poner la fecha del 1820, (años arriba, años abajo), cuando llega el malagueño a Benínar.

Según recoge Andrés Sánchez Picón en su libro LA INTEGRACIÓN DE LA ECONOMÍA ALMERIENSE EN EL MERCADO MUNDIAL (1778-1936) la década 1830 fue terrible para los cerros de Benínar entre otros pueblos. Los de mi generación  tienen clarísimo lo ocurrido, puesto qué, vieron los tractores, (cuando se estaba construyendo la presa),  por todos los cerros deforestando a fondo arrasando flora ya fauna autóctona.

Nada más ver la foto que me mandó José el del Canónigo en el día en que se casaron mis tíos Pepe y Clarica en los años cuarenta del siglo pasado, en primer plano está mis abuelos Papanino y Paramón y al fondo se ven los cerros de Los Meloncillos totalmente desolados. Una imagen actual sería la que presentan los cerros en estos momentos la zona de Tabernas en El Naciente de  Almería.

Aquí empieza la historia de un beninero conocido como El Moruno el tonto oficial del pueblo que con haz de leña a la espalda para calentarse esa noche de invierno va entrando al pueblo y se cruza con una recua de burros cargados de leña que van con dirección al paraje conocido como Cintas, donde estaban los boliches, hornos rudimentarios para la primera fundición del plomo. El tonto suelta el haz en el suelo y comienza a enfrentarse con los leñadores. Los leñadores que son más le dan una paliza y lo dejan a mal traer en el suelo y siguen su camino. Cuando los leñadores llegan a la explotación le cuentan al malagueño lo sucedido. Le proponen al señorico de las minas lo siguiente:
-                  - Deberíamos montar al tonto en un burro y dejarlo mal herido por lo menos en Dalias         (a veinte kilómetros de Benínar). Mientras se recupera tiempo tenemos de acaparar buena cantidad de leña.
-         A Dalias no a Málaga lo más cerca. Le contesta el jefe.
Cuando se va marchando, alejándose de los leñadores, va diciendo en voz alta: Presiento que tal y como está el pueblo de necios, serán unos cuantos los viajes que se tendrán que realizar.

 Dicho y hecho, al más fuerte de la explotación se le encomienda la labor del traslado forzoso.
Cuando el bruto va a buscar al tonto al pueblo, antes de ser apresado comienza a dar voces, saltos, a soltar espuma por la boca, a tirar piedras, a defenderse y la población acude al revuelo que se estaba produciendo.
Los viejos y los necios, son los que se enfrentan al forzudo  que el tonto sea atrapado, mientras  los dueños de las fincas, los que tienen alguna  explotación minera son los que reculan y se van uno a uno con la cabeza baja.
El grupo que ha logrado que no se lo llevasen, comienzan a comentar entre ellos las razones de la locura del paisano. El grupo está formado por todos los lisiados de las explotaciones mineras, los tuberculosos, los cojos, los mancos, los que estaban “al salto de mata” para conseguir un poco de alimento y su alimentación se centraba en lo que en cada época conseguían del campo. Bayas, algarrobas, bellotas, castañas, cogollos de palmito, las cerrajas, casi todo tipo de cardos,  etc. Poniendo trampas para los animales o los pájaros. Los pobres de solemnidad también se unen a las protestas. Son los que había en el pueblo, que iban aumentado, que llegaban de los pueblos de alrededor, que formaban grupos que acudían a aquellos lugares donde podían encontrar comida, llegaban a Benínar por el trasiego y la entrada de dinero que representaba  los minerales. Para servir a los nuevos ricos a cambio de comida. Como consecuencia de las extracciones  de plomo, la población de Benínar crece de unas cincuenta personas a llegar al censo de mil, terminado el siglo.

Un viejo con un manojo de esparto debajo del brazo, con una pleita a medias, lleno de resignación o trabajando para los aperos de los medios de transporte comenta: 
-         - Los boliches necesitan leña y todo el matorral del monte.
Una vieja indignada le contesta:
-         - ¿Hasta dónde querrán que caminemos para conseguir un hacecillo de leña, para hacer la comida y calentarnos?.  

Para  los que se han marchado a sus casas, los dueños de las fincas sobre sus conciencias desoladas y desérticas  cabalga a trote sobre su burra el tonto y la solución para ellos es que el tonto  desaparezca de la faz de la tierra. Al acabar con todos los árboles y matorral de los terrenos comunales, el malagueño ha ido comprando toda la vegetación de las fincas con propiedad y los que se resisten a venderla, hasta ahora, es por agonía, o porque aún sus hijos no estaban trabajando en los pozos o porque su conciencia estaban más cerca del loco que del malagueño.

Los argumentos del malagueño, que llegan hasta la generación que me precede, (puede ser aproximadamente el comienzo de los setenta del siglo pasado  donde solo se siembra en macetas plantas que no daban frutos comestibles,  en el campo, almendros, olivos o higueras, sembrar un magnolio, se consideraba un despilfarro), es eliminar todos aquellos árboles o matorral que de ellos no se aprovechase el fruto y en aquellos momentos  los boliches necesitaban combustible. En primer lugar desaparecen de la vega y de los montes, las moreras, las encinas, los alcornoques, los acebuches, las plantas que producían bayas, retamas, bolinas, tarajes, etc.,  y como las matas de esparto eran tan numerosas y necesarias, se inventa la frase “que había que entresacarlas”, una sí y la otra no, que después con la escusa de dejar la tierra preparada para las sementeras, las atochas, desaparecen casi por completo de Benínar y sus pueblos colindantes, a pesar qué, de ellas se sacaban todos los aperos que se les colocaba a las bestias para el transporte del minera. Las aguaderas, las curdas, tomizas, los capachos, serones, etc., hasta los paneros.

Al desaparecer la vegetación, desaparecen todas las aves, todos los bichos y todos los insectos. El panorama que dejan los boliches es desolador en toda la superficie que empieza en Turón, Benínar y entra también en la desforestación toda la Sierra de Gador.  Es el paisaje que refleja la foto de Tabernas descrita con anterioridad casi un siglo después, cuando se casan mis tíos en el Cortijo del Canónigo. 

Cuando el forzudo llega a presencia del malagueño sin el tonto le pregunta:
-        -  ¿Qué ha pasado?. 
     El bruto, encogiendo los hombros y abriendo los brazos intenta explicar, pero el malagueño con las manos le dice que se calle y le contesta:
-         - No me digas nada. Presagiaba que la ira de los necios tenía que aparecer en cualquier momento. Pues nada. Que le den escopetas a los leñadores.

 Nota:
El título de este escrito lo he tomado de un libro que estoy buscado y no encuentro de Juan García Pérez
    

viernes, 25 de enero de 2013

Buscando el patrimonio perdido.



En aquellos momentos en que empiezan a aparecer las nubes en el cielo donde residamos, creo que los benineros las medimos con aquello que nos enseñó la naturaleza donde nacimos. Las comparamos con aquellas que aparecían  por el Cerrajón de Murtas y las medimos y valoramos la  mayor o menor abundancia de lluvia según por el color de las nubes y relámpagos; pronosticamos la cantidad de agua que va a caer.  

Julio ha llegado con un camioncillo a aquel pueblo fantasma, ya sin respiración, Benínar. Como el muerto en el ataúd a punto de ser enterrado. Julio se encuentra solo, pero el corazón le late mucho más de la cuenta. Ha estudiado una y mil veces las respuestas que tiene que dar, si se encuentra con algún beninero o si los mandamases del pantano llegan en un momento determinado. Julio tiene la conciencia dividida, en: ¿Lo que en aquellos momentos va a hacer es robar o es preservar?.

Va a recopilar, rescatar todos aquellos objetos testigos de lo que fue una forma de vivir, de medir, de pesar de hacer de aquel pueblo totalmente abandonado. En aquellos momentos tiene claro que aquellos objetos deben ser salvados. Julio duda en aquel momento si marcharse con el camioncillo vacío y aquellos objetos desaparecerán para siempre, o ir casa por casa recopilando los objetos que ya había amontonado con anterioridad. Retrepado en el asiento del vehículo está esperando una señal para actuar y la encuentra al mirar al Carrajón de Murtas, por donde siempre entraron las tormentas a aquel valle de Benínar. Negros nubarrones van creciendo y ocupando el cielo alpujarreño. Sabe por experiencia que como caiga una tormenta comenzará a llenarse el pantano, comenzará a ser absorbidas por el agua las casas y todos aquellos objetos dejados por sus moradores, desaparecerán definitivamente, para siempre.

Por fin decide bajar del vehículo y caminar por las calles del pueblo. Observa que alguien, se le había adelantado y había dejado todas las casas sin ventanas, sin las puertas, sin todas aquellas cosas que flotasen en el agua. Toda aquella tecnología primitiva, que él la había visto cuando el pueblo estaba lleno de vida y funcionaban. Que fueron pasando de padres a hijos de generación en generación.
Es consciente que le han visto desde las oficinas de las obras de la presa y piensa que pueden llamar a la Guardia Civil y presentarse de un momento a otro y ser acusado de expoliar lo que sus dueños dejaron como inservibles, que a juicio de todos era robar todo el patrimonio de un pueblo. Julio se pregunta y se contesta así mismo: ¿Salvaron tan solo los santos de la iglesia repartidos  sin justificación alguna, sin un mal papel donde quedase escrito quien eran sus auténticos propietarios, que sirviese como argumento para poder reclamarlos la comunidad?.

Julio decide bajar del camioncillo y  andar por sus calles y se sigue preguntando al observar: ¿Pues no se han desaparecido las puertas, y ventanas, y no ha pasado nada?.
Continúa preguntándose así mismo: Al ser abandonados por sus propietarios, ¿habrán sido los funcionarios  del pantano que amontonaron todo aquello y le pegaron fuego pensando que sería verdaderamente sangrante si saliese la foto en algún periódico, ver la superficie del  agua del pantano llena y flotando en sus aguas:  Puertas de las casas, las de la iglesia con su techo mudejar,  camas, colchones de lana,  catres, sillas, mesas, arados, yugos, horcas, las artesas (donde se moldeaba el pan), las palas que sacaban el pan del horno, las cuartillas, celemines, (las medidas del grano que después serían el pan de cada día), las angarillas (que fueron vitales para la construcción  de las casas, para levantar todos los balates de la vega y secanos), las tablas donde las pastoras comprimían la cuajada para que saliese el queso, las tablas de trillar, las sillas y pupitres de la escuela, los palos de barcinar (los que fueron imprescindibles para el transporte de las gavillas de trigo a la era), las cantareras,  las poleas de madera, (que fueron imprescindibles para la construcción de todas las casas del pueblo) etc.,  todo lo que pudiese flotar?. 

Julio quiere pensar en positivo y creer que los responsables de las obras del pantano (se trataba de ingenieros los más inteligentes y conocedores del valor cultural y patrimonial de aquel pueblo alpujarreño), fueron los que guardaron todo lo descrito a espera de ser reclamados.           

Aparecerá la segunda parte.