lunes, 25 de febrero de 2013

PATRIMONIO PERDIDO: PILETA



más tiestos

Las piletas de piedra son pocas y escasas las que se podían  encontrar en el pueblo, pero Julio, acaricia aquellas tres como si acariciase un tesoro, como seguro la acarició aquel que partiendo de la piedra bruta logro transformarla convertirlas en un objeto cotidiano que no tiene utilidad para los benineros-as que terminan de marcharse y por esos sus dueños la dejan abandonada.
Cuando aquel picapedrero se tropezó con aquella piedra: ¿Quién fue el que vio  claramente la transformación en vasija?. ¿La Piedra y convenció al hombre?. ¿El hombre que al distinguirla de entre todas las que le rodeaban la escogió y le dedico todo el tiempo necesario para su cambio?. La contestación tan solo la pueden comprender los escultores.
Posiblemente el diseñador pertenecías a aquella generación que fue modelando una a una cada  piedra que formaba la bóveda de los tres arcos que tenía el puente. ¡Si!. El puente que tenemos todos los beniner@s en infinidad de fotos en infinidad de recuerdos. El puente que enterraron o lo convirtieron en un montón de piedras en la base de la presa. 
¿Cuánto tendría que recatear el cantero para que le diesen el precio justo de su trabajo?. ¿Le darían a cambio, una cuartilla de cereales, unas alcuzas de aceite, unos cuantos puñados de higos?. ¿Para cuanto tiempo tendría para alimentarse para él y su familia?. ¿Para vivir de aquel trabajo, cuantas piletas tendría que elaborar al día o a la semana?.
El Miguel Ángel de Beninar. El único de todos nosotros; puede que fuese de toda la Historia  beninera que sacaba una vasija de una piedra.  La persona con un don especial que es capaz de ver un volumen determinado en un objeto, en este caso en una piedra. Allí donde te encuentres para que veas que te reconocemos a ti y a tu obra, aunque posiblemente no se encuentre en la casa de uno de los nuestros.
Si en estos momentos comenzásemos a repasar beniner@s que destacan por sus conocimientos y por su esfuerzo, tenemos arquitect@s, licenciad@s en medicina, en farmacia, ingenier@s en puertos caminos y canales, agricultores, etc., etc., abogad@s trabajando en los bufetes más brillantes de Madrid. En aquellos tiempos, lo destacado eran los escultores de piedra. Benínar no daba para nada más o nada menos. Depende como se mire.   
Por vosotros, los canteros que preparasteis cada piedra que formó parte de la iglesia y después de las tres bóvedas del puente, por vuestro recuerdo. Para que veáis que aunque pase el tiempo, mientras exista un beniner@, os tenemos presentes.

martes, 12 de febrero de 2013

Las atochas de la discordia

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La Molineta VII.

El malagueño no aguanta la tensión en Benínar entre los mineros y los seguidores de el Moruno. Él cree que se marcha definitivamente a su ciudad, Málaga, pero las atochas, de la discordia, los productos manufacturados del esparto le hicieron razonar.
 En la casona de Málaga se aburre. La dueña de la casa cada día le tiene preparado un encuentro con alguna moza. Según ella, su tía, se le estaba pasando la edad para casarse. Por parte del amo Heredia, le está organizando cacerías casi todos los días para que se relacionase con los empresarios, tanto nacionales como internacionales, para ver si encontraba un trabajo donde se sintiese cómodo. Ni los noviazgos de la dueña ni las cacerías del amo y señor le terminan de satisfacer. Desde siempre acarició la idea de formar parte de la familia siendo él el que aportase un nuevo negocio. Un día paseando por el muelle encuentra su futuro negocio y además, casi nadie de los encargados de las distintas empresas que formaban el conglomerado familiar dominaban el tema. A esto se le une que como la Frenillo él creía que no tendrá otra amante.
Decide exponer al mandamás su proyecto;  al que aprueba o deniega los negocios de la familia. El Heredia dueño y señor le está escuchando sin interrumpirlo en ningún momento y además la cara del que tiene que dar el visto bueno a todo, en ningún momento ha perdido la sonrisa. Cuando ha terminado la exposición el que escucha le pregunta:
-         ¿Cuántos albañiles necesitas?.
-         ¿Estás de acuerdo?.
A         Ay de mí si no te consintiera tus peticiones. Más tarde o más temprano tendría que concedértelas, ya que tu tía montaría todas las estrategias hasta que su sobrino lograse su objetivo.
No espera ni un minuto más para salir de Málaga con dirección a Peñarroda, que era el lugar que había decidido vivir con su amante y cuando llega al cortijo, allí no había nadie.
La Frenillo sintiéndose abandonada se enfrenta a que le tocasen la garganta, el dilema que le había desafiado toda su vida. Se sentía abandonada y sin salida. Se dejo convencer por un curandero con el argumento, que su amante le había dejado como consecuencia no poder hablar.  
El malagueño la busca desesperadamente y se la encuentra en  casa unos amigos postrada en la cama, casi entre la vida y la muerte, ya que había sido operada de la garganta. Había cogido una infección y estaban esperando que se recuperase a base de colocarle sanguijuelas para que absorbiesen el mal que tenía en la garganta. Aquel estado de gravedad le da la oportunidad al malagueño de poder expresar aquello que había desaparecido en él desde hacía mucho tiempo, la ternura. No se separa del lado de ella hasta que poco a poco se va recuperando. Pasan los días y la primera vez que a la Frenillo la sientan en una mecedora a la sombra de un naranjo de aquella casa de Berja, él sentado a su vera le explica el proyecto que ya había expuesto al dueño y señor en Málaga.

viernes, 1 de febrero de 2013

La ira de los necios

 
Recuerdo en Tarifa que cuando mis amigos Wenceslao y Chan Luna tenían “viento en popa a toda vela” la revista Baelo, alguien le manda un artículo sobre el tonto del pueblo. Al ser publicado se armó la grande en los corrillos del pueblo y en cierta medida el boicot aparece sobre la revista por “meterse con el tonto del pueblo”. En lo que sigue, en Benínar son los cuerdos los que se enfrentan a los necios.
Este escrito va dentro de lo que empezó en su día con el título general de LA MOLINETA.
En nuestro caso beninero, es en el tiempo de las explotaciones del Pozo de Malacate entre otros, para la obtención del plomo. Volvamos otra vez a poner la fecha del 1820, (años arriba, años abajo), cuando llega el malagueño a Benínar.

Según recoge Andrés Sánchez Picón en su libro LA INTEGRACIÓN DE LA ECONOMÍA ALMERIENSE EN EL MERCADO MUNDIAL (1778-1936) la década 1830 fue terrible para los cerros de Benínar entre otros pueblos. Los de mi generación  tienen clarísimo lo ocurrido, puesto qué, vieron los tractores, (cuando se estaba construyendo la presa),  por todos los cerros deforestando a fondo arrasando flora ya fauna autóctona.

Nada más ver la foto que me mandó José el del Canónigo en el día en que se casaron mis tíos Pepe y Clarica en los años cuarenta del siglo pasado, en primer plano está mis abuelos Papanino y Paramón y al fondo se ven los cerros de Los Meloncillos totalmente desolados. Una imagen actual sería la que presentan los cerros en estos momentos la zona de Tabernas en El Naciente de  Almería.

Aquí empieza la historia de un beninero conocido como El Moruno el tonto oficial del pueblo que con haz de leña a la espalda para calentarse esa noche de invierno va entrando al pueblo y se cruza con una recua de burros cargados de leña que van con dirección al paraje conocido como Cintas, donde estaban los boliches, hornos rudimentarios para la primera fundición del plomo. El tonto suelta el haz en el suelo y comienza a enfrentarse con los leñadores. Los leñadores que son más le dan una paliza y lo dejan a mal traer en el suelo y siguen su camino. Cuando los leñadores llegan a la explotación le cuentan al malagueño lo sucedido. Le proponen al señorico de las minas lo siguiente:
-                  - Deberíamos montar al tonto en un burro y dejarlo mal herido por lo menos en Dalias         (a veinte kilómetros de Benínar). Mientras se recupera tiempo tenemos de acaparar buena cantidad de leña.
-         A Dalias no a Málaga lo más cerca. Le contesta el jefe.
Cuando se va marchando, alejándose de los leñadores, va diciendo en voz alta: Presiento que tal y como está el pueblo de necios, serán unos cuantos los viajes que se tendrán que realizar.

 Dicho y hecho, al más fuerte de la explotación se le encomienda la labor del traslado forzoso.
Cuando el bruto va a buscar al tonto al pueblo, antes de ser apresado comienza a dar voces, saltos, a soltar espuma por la boca, a tirar piedras, a defenderse y la población acude al revuelo que se estaba produciendo.
Los viejos y los necios, son los que se enfrentan al forzudo  que el tonto sea atrapado, mientras  los dueños de las fincas, los que tienen alguna  explotación minera son los que reculan y se van uno a uno con la cabeza baja.
El grupo que ha logrado que no se lo llevasen, comienzan a comentar entre ellos las razones de la locura del paisano. El grupo está formado por todos los lisiados de las explotaciones mineras, los tuberculosos, los cojos, los mancos, los que estaban “al salto de mata” para conseguir un poco de alimento y su alimentación se centraba en lo que en cada época conseguían del campo. Bayas, algarrobas, bellotas, castañas, cogollos de palmito, las cerrajas, casi todo tipo de cardos,  etc. Poniendo trampas para los animales o los pájaros. Los pobres de solemnidad también se unen a las protestas. Son los que había en el pueblo, que iban aumentado, que llegaban de los pueblos de alrededor, que formaban grupos que acudían a aquellos lugares donde podían encontrar comida, llegaban a Benínar por el trasiego y la entrada de dinero que representaba  los minerales. Para servir a los nuevos ricos a cambio de comida. Como consecuencia de las extracciones  de plomo, la población de Benínar crece de unas cincuenta personas a llegar al censo de mil, terminado el siglo.

Un viejo con un manojo de esparto debajo del brazo, con una pleita a medias, lleno de resignación o trabajando para los aperos de los medios de transporte comenta: 
-         - Los boliches necesitan leña y todo el matorral del monte.
Una vieja indignada le contesta:
-         - ¿Hasta dónde querrán que caminemos para conseguir un hacecillo de leña, para hacer la comida y calentarnos?.  

Para  los que se han marchado a sus casas, los dueños de las fincas sobre sus conciencias desoladas y desérticas  cabalga a trote sobre su burra el tonto y la solución para ellos es que el tonto  desaparezca de la faz de la tierra. Al acabar con todos los árboles y matorral de los terrenos comunales, el malagueño ha ido comprando toda la vegetación de las fincas con propiedad y los que se resisten a venderla, hasta ahora, es por agonía, o porque aún sus hijos no estaban trabajando en los pozos o porque su conciencia estaban más cerca del loco que del malagueño.

Los argumentos del malagueño, que llegan hasta la generación que me precede, (puede ser aproximadamente el comienzo de los setenta del siglo pasado  donde solo se siembra en macetas plantas que no daban frutos comestibles,  en el campo, almendros, olivos o higueras, sembrar un magnolio, se consideraba un despilfarro), es eliminar todos aquellos árboles o matorral que de ellos no se aprovechase el fruto y en aquellos momentos  los boliches necesitaban combustible. En primer lugar desaparecen de la vega y de los montes, las moreras, las encinas, los alcornoques, los acebuches, las plantas que producían bayas, retamas, bolinas, tarajes, etc.,  y como las matas de esparto eran tan numerosas y necesarias, se inventa la frase “que había que entresacarlas”, una sí y la otra no, que después con la escusa de dejar la tierra preparada para las sementeras, las atochas, desaparecen casi por completo de Benínar y sus pueblos colindantes, a pesar qué, de ellas se sacaban todos los aperos que se les colocaba a las bestias para el transporte del minera. Las aguaderas, las curdas, tomizas, los capachos, serones, etc., hasta los paneros.

Al desaparecer la vegetación, desaparecen todas las aves, todos los bichos y todos los insectos. El panorama que dejan los boliches es desolador en toda la superficie que empieza en Turón, Benínar y entra también en la desforestación toda la Sierra de Gador.  Es el paisaje que refleja la foto de Tabernas descrita con anterioridad casi un siglo después, cuando se casan mis tíos en el Cortijo del Canónigo. 

Cuando el forzudo llega a presencia del malagueño sin el tonto le pregunta:
-        -  ¿Qué ha pasado?. 
     El bruto, encogiendo los hombros y abriendo los brazos intenta explicar, pero el malagueño con las manos le dice que se calle y le contesta:
-         - No me digas nada. Presagiaba que la ira de los necios tenía que aparecer en cualquier momento. Pues nada. Que le den escopetas a los leñadores.

 Nota:
El título de este escrito lo he tomado de un libro que estoy buscado y no encuentro de Juan García Pérez
    

viernes, 25 de enero de 2013

Buscando el patrimonio perdido.



En aquellos momentos en que empiezan a aparecer las nubes en el cielo donde residamos, creo que los benineros las medimos con aquello que nos enseñó la naturaleza donde nacimos. Las comparamos con aquellas que aparecían  por el Cerrajón de Murtas y las medimos y valoramos la  mayor o menor abundancia de lluvia según por el color de las nubes y relámpagos; pronosticamos la cantidad de agua que va a caer.  

Julio ha llegado con un camioncillo a aquel pueblo fantasma, ya sin respiración, Benínar. Como el muerto en el ataúd a punto de ser enterrado. Julio se encuentra solo, pero el corazón le late mucho más de la cuenta. Ha estudiado una y mil veces las respuestas que tiene que dar, si se encuentra con algún beninero o si los mandamases del pantano llegan en un momento determinado. Julio tiene la conciencia dividida, en: ¿Lo que en aquellos momentos va a hacer es robar o es preservar?.

Va a recopilar, rescatar todos aquellos objetos testigos de lo que fue una forma de vivir, de medir, de pesar de hacer de aquel pueblo totalmente abandonado. En aquellos momentos tiene claro que aquellos objetos deben ser salvados. Julio duda en aquel momento si marcharse con el camioncillo vacío y aquellos objetos desaparecerán para siempre, o ir casa por casa recopilando los objetos que ya había amontonado con anterioridad. Retrepado en el asiento del vehículo está esperando una señal para actuar y la encuentra al mirar al Carrajón de Murtas, por donde siempre entraron las tormentas a aquel valle de Benínar. Negros nubarrones van creciendo y ocupando el cielo alpujarreño. Sabe por experiencia que como caiga una tormenta comenzará a llenarse el pantano, comenzará a ser absorbidas por el agua las casas y todos aquellos objetos dejados por sus moradores, desaparecerán definitivamente, para siempre.

Por fin decide bajar del vehículo y caminar por las calles del pueblo. Observa que alguien, se le había adelantado y había dejado todas las casas sin ventanas, sin las puertas, sin todas aquellas cosas que flotasen en el agua. Toda aquella tecnología primitiva, que él la había visto cuando el pueblo estaba lleno de vida y funcionaban. Que fueron pasando de padres a hijos de generación en generación.
Es consciente que le han visto desde las oficinas de las obras de la presa y piensa que pueden llamar a la Guardia Civil y presentarse de un momento a otro y ser acusado de expoliar lo que sus dueños dejaron como inservibles, que a juicio de todos era robar todo el patrimonio de un pueblo. Julio se pregunta y se contesta así mismo: ¿Salvaron tan solo los santos de la iglesia repartidos  sin justificación alguna, sin un mal papel donde quedase escrito quien eran sus auténticos propietarios, que sirviese como argumento para poder reclamarlos la comunidad?.

Julio decide bajar del camioncillo y  andar por sus calles y se sigue preguntando al observar: ¿Pues no se han desaparecido las puertas, y ventanas, y no ha pasado nada?.
Continúa preguntándose así mismo: Al ser abandonados por sus propietarios, ¿habrán sido los funcionarios  del pantano que amontonaron todo aquello y le pegaron fuego pensando que sería verdaderamente sangrante si saliese la foto en algún periódico, ver la superficie del  agua del pantano llena y flotando en sus aguas:  Puertas de las casas, las de la iglesia con su techo mudejar,  camas, colchones de lana,  catres, sillas, mesas, arados, yugos, horcas, las artesas (donde se moldeaba el pan), las palas que sacaban el pan del horno, las cuartillas, celemines, (las medidas del grano que después serían el pan de cada día), las angarillas (que fueron vitales para la construcción  de las casas, para levantar todos los balates de la vega y secanos), las tablas donde las pastoras comprimían la cuajada para que saliese el queso, las tablas de trillar, las sillas y pupitres de la escuela, los palos de barcinar (los que fueron imprescindibles para el transporte de las gavillas de trigo a la era), las cantareras,  las poleas de madera, (que fueron imprescindibles para la construcción de todas las casas del pueblo) etc.,  todo lo que pudiese flotar?. 

Julio quiere pensar en positivo y creer que los responsables de las obras del pantano (se trataba de ingenieros los más inteligentes y conocedores del valor cultural y patrimonial de aquel pueblo alpujarreño), fueron los que guardaron todo lo descrito a espera de ser reclamados.           

Aparecerá la segunda parte.

sábado, 12 de enero de 2013

..., y aún no había aparecido el viento. (I)



Anica siempre autosuficiente menos de cariño. Casi en el tiempo que se pierde el agua entre las manos se marcharon para siempre en primer lugar su abuela y poco después su abuelo. Se ha quedado sola en un pueblito en Cuba cerca de La Habana. Se ha quedado sin cariño y como sin él no puede vivir, se plantea encontrarlo donde sea.
Cuando le pregunta por el color de su piel, ella contesta: es de color moruno como su abuelo. Cuando le pregunta que si está casada, ella contesta: aún nadie le pidió en matrimonio. Cuando le preguntan por los años que tiene ella contesta: ¿Y ese interés?. Anica se siente capaz de volver a empezar tantas veces como sea necesario, y:  ¿Puede ser un buen intento retomar el sueño que le dejó su abuelo?.

Su abuelo Facundico nació y creció en las laderas de la Rambla de Murtas, en la Baja Alpujarra,  a la altura del ramblizo, el que está casi frente al Cortijo del Canónigo, y desde que pudo tirar del ronzal  de una burra fue arrierillo, y cuando no tenía nada que hacer era pastorcillo. Siempre le pagaron en comida sus trabajos hasta dejar la adolescencia que le daban algún real. Siempre escuchó en bolsillos ajenos, el sonido más deseado, los reales, las pesetas y algún duro. En fin, que existía el dinero, pero jamás  entre sus manos, en sus bolsillos sonaran los cuartos. No logró poseer nada hasta que llegó un extranjero (podía ser de Murcia, en aquella tierra, el que no era conocido, del entorno era extranjero)  al Meloncillo. El empresario le dijo que quería montar un molino que la energía motriz fuese el viento ya que el lugar estaba lleno de sementeras y además existía una era. Facundo se convirtió en la sombra del extranjero y fue cuando logro escuchar en su bolsillo el sonido soñado, el que tanto añoraba aunque para él, el sonido más importante que siempre le llenaba de ilusión, lo transformaba era el sonido del aguacero, el que llenaba de vida los cerros. Con la llegada de aquel personaje con perras, fue cuando comenzó a relacionarse, a visitar tabernas, a conversar de temas que no fuesen del campo  con los jóvenes de su edad y esconderse entre los cañaverales, cuando sabía que aparecería una joven que le había sonreído y que le había dado palique.
En poco tiempo está construido el molino, pero ya llevaba tiempo encaprichado con la mujer equivocada ya que, Remedicos desde su nacimiento los padres de la joven la apalabraron, que se casaría con un beninero con bancalillos. Como consecuencia de aquel empecinamiento de los dos enamorados, las cosas se complican y ante la amenaza de perder su vida, se une a dos y deciden marcharse para hacer "las américas". Cuando empieza a moler el molino de harina Facundo ya estaba en Cuba. Aquel alpujarreño en tierras extrañas, siempre soñó con ser molinero, con la rentabilidad de aquel molino y fue el tema de conversación en todas las tertulias entre sus conocidos.

Anica, la abogada brillante de Cuba le costaba trabajo aceptar que su abuelo no volviese a España, al Meloncillo, al molino que funcionaba con el viento, a trabajar en lo que siempre había soñado. Por ese motivo aquella cubana, ahora que los suyos habían desaparecido, que su trabajo no le aportaba nada interesante, quiere volver a las raíces de sus antepasados, quiere convertirse en molinera.

Por lo que el abuelo le había contado en infinidad de ocasiones, conocía cada grupo de casitas que estaban cerca de los tres pueblos, cada cortijo de Murtas o de Turón, donde estaba el algarrobo más grande, la encina que el suelo estaba lleno de bellotas, donde estaban los  álamos más grandes del río, la silueta de la iglesia de los tres pueblos con sus campanas, las calles, las plazas. Incluso una vez empezar a andar la Rambla de Murtas, desde Benínar, cada curva,  los árboles que estaban en sus laderas, puesto qué, su abuelo en cada uno de ellos tenía una anécdota, una aventura, un recuerdo. En aquella curva del camino, allí estaba, …. Debajo de aquella encina, recuerdo que allí deje, allí aprendí, allí descubrí, … Para cada uno de aquellos árboles, Anica traía un abrazo de su abuelo. Antes de comenzar a subir por el ramblizo la cubana tenía que ir a la Fuente del Canónigo para saciar su sed, para platicar, para contarle, para recordarle, para agradecerle, …  Todo el tiempo del mundo le dedicaría a aquel encuentro, hasta que se pusiese ronca estaría  con el chorro de agua transparente, que cada vez que lo recordaba su abuelo se le transformaba el rostro. Uno de los tratos más importantes era firmar con aquella fuente el suministro de agua, al menos dieciocho años, los que firmase su abuelo y la fuente.

Cuando la cubana llega a Adra decide alquilar un caballo y entrar a Beninar por el río. El dueño de la caballeriza al escuchar los planes de aquella mujer la pone al corriente de la realidad de aquel valle. Le cambia el itinerario diseñado y le aconseja que entre a Benínar por Pañarrodada.

Sentada en la aljibe del llano contempla unos cerros plantados de pinos donde ella creía que estarían sembrados de sementeras, olivos, almendros, tomillos (…) y pendejos. Donde ella esperaba escuchar los cencerros de manadas de cabras o de ovejas, ni siquiera escucha el canto de un pájaro. Presta atención para escuchar algún humano (…), allí no hay nadie. Comienza a preguntarse:  
¿Se habrá equivocado el gobierno de turno con realizar esta obra la presa transformando por completo la faz de la tierra, la siembra generalizada de pinos ?.
¿Se habrán equivocado sus moradores al marcharse y  dejar de sembrar la tierra?.
¿Mi abuelo para justificar su escasa adaptación a aquella tierra de Cuba, a aquellas costumbres, idealizo la tierra de procedencia, buscó argumentos  para soñar, sin que nadie los discutiera al estar al otro lado del mar?.
Ana situada en El Llano de Benínar, teniendo en frente  todos los cerros del Meloncillo, decide en primer lugar ir a Darrícal, a Alcolea para pedir información donde se encontraba el molino de viento. Se vuelve a subir al caballo y comienza a gritar:
-         Pero si es qué, ..., en esta tierra que mi abuelo idealizó, ..., ya llevo una semana  y no apareció el viento. 
Mirando para arriba y levantando el brazo le dice a su abuelo que en gloria está:
¿No estarías embarajando con lo que nos contabas?.
Pues yo aún no estoy descuajaringa del todo, pero ya empiezo.   
      

jueves, 10 de enero de 2013

Que no encuentro las quintillas



Los trovos que Montero va recopilando en su blog, son toda una tentación para la réplica, sobre todo a todos aquellos que nacimos en todo lo que se divisa desde el Cerrajón de Murtas. Montero es estricto y conciso que para que sean trovos tienen que ser quintillas. Su argumento principal:
Yo nací en Turón.
En estos tiempos que corren que parece que los trovos pasaron a mejor vida, los que somos de aquella zona (aunque vivamos en la gran puñeta) las tradiciones y costumbres de la tierra de nacimiento, no sé si intentamos que no mueran o nuestros antepasados una y otra vez “nos tiran de las orejas” para que aquellas manifestaciones populares no se pierdan. Aún hoy si recorremos esa tierra si nos sentamos un rato a la sombra, debajo de una encina o una higuera, las perdices cantan los trovos las chicharras el violín, los conejos la guitarra y la avispa la bandurria.    

No siempre encuentro quintillas.
Y más cuando tocamos  temas
de medir tanto las penas
como medir alegrías.
¿Tenemos o no medidas?.

¿Aún seguimos aceptando
aquellas antiguas medidas?,
las no escritas, pero sobreviven en Turón,
las penas,  para muchos son las más,
son escasas siempre, las alegrías.

Los trovos para medirlos,
Los buenos: Por el dolor y la pena
que tenían los mineros
cuando salían de la mina,
que todo el mundo entendió
y hoy cualquiera  entendería.

Ya que no somos mineros
ni jornaleros, estamos en otras vías,
si comparamos los trovos
los de antes y los de ahora
se notarían los cambios

                                            La felicidad de los alpujarreños,
es esa forma de ser, de saber,
el don que se nos  regaló
cuando nos pusimos a aprender
como enfocar nuestras vidas.

La felicidad es pura filosofía
qué, todo el mundo la entiende
a la que todo el mundo aspira.
¿Mi felicidad  te vale?.
¿Entiendes  mis alegrías?.

¿Seguro que en tu niñez fuiste alegre?.
¿La conservas todavía?. ¡Las alegrías!.
¿Las dejaste escapar?. ¿Las perdiste?.
¿En tu currículum están escritas?.
¿Cuánta alegría regalaste?.
Enumerarme cuantas veces y en qué días,
tuviste, tu, mi compadre
a lo largo de la vida.
Días, meses, años de muchos pesares
y momentos de alegría.
La alegría siempre, la medimos por momentos.
Las penas. Por arrobas. De  por una vida.



jueves, 3 de enero de 2013

HEREDÉ PUCHEROS LLENOS DE SUSPIROS.




Nos dicen los más entendidos
que el trovo tiene tres fechas
comienza con  jornaleros
se vuelven fuertes en la mina
se desinfla en los invernaderos

Haber donde encajo.
Haber donde vivo.
Si mi alma arranca el vuelo
y aquí yo me quedo:
¿Ausente o dormido?.

Bebo, ando, duermo, respiro
como jamás lo hiciesen los míos;
mis abuelos, mis padres, mis vecinos,
pero mi alma no encuentra sosiego.
La veo temblar. Tiene mucho frío.

Mi alma está inquieta y yo entelerido.
Le  dejo que rompa amarras.
La veo arriar velas: ¡Se marcha!. ¡Se ha ido!.   
Llega a mi tierra, La Alpujarra.
Yo voy por las calles rociando suspiros.

Se sube en un almendro.
Se baña en  la fuente.
Se sienta en la era. ¡Charlando!.
Anda por sus calles,
se siente entre amigos

La mecen las retamas
donde tiene el nido.
La duermen las chicharras
con la nana que en Turón
se duermen a los niños-as

Cuando se le antoja, vuelve,
fresca y radiante, bacía de suspiro
aquí, a Cataluña, donde soy residente
cargada de trovos, cargada de higos.
Mi alma y mi cuerpo cada cual a su aire
Y yo: ¿Dónde estoy?. ¿Donde coño vivo?.